Calendario de informes

*Recuerden*
Cada uno debe realizar un informe.
Las personas que no se hayan inscrito no pueden hacerlo en los textos que ya tienen 2 informantes.

J 20
- Bajtín, Mijail. “El género, el argumento y la estructura…”. Problemas de la poética de Dostoievsky.

J 27
- Drucarof, Elsa. Mijail Bajtín. La guerra de las culturas. Natalia Aedo
- Kristeva, Julia. “Bajtin: La palabra, el diálogo la novela”. Marco Marchant

Abril
M 1
- Genette, Gerard. “Palimsestos” (cap 1) Discursos interrumpidos. Soledad Montes

J 3
- Jameson, Frederick. El posmodernismo o la lógica cultural de capitalismo avanzado. Noam Titelman – Lucía Lopez

J 10
- Freud, Sigmund. “Lo siniestro”. María José Fuentes - Camila Russo
- “El poeta y los sueños diurnos”. Camilo Díaz

M 15
- Freud, Sigmund., “Presentación Autobiográfica”. Ruth Muñoz

J 17
- Zizek, Slavov. “How to read Lacan?” Cap. 1. Lucas Costa

M 22
- Zizek, Slavov. “La mujer como la cosa” La metástasis del goce. Barbara Aranda – Paula Gonzalez

J 24
- Foucault, Michel. “Panóptico”. Felipe Salinas
- “Cuerpos dóciles” Vigilar y castigar. Rocío Lizama

M 29
- Historia de la sexualidad (vol 1.Capítulo uno). Jerome Holleman

Mayo
J 8
- Deleuze, Gilles. “Post data a las sociedades de control”. Ismael Correa

M 13
- Deleuze - Guattari. “Rizoma”. Mil mesetas. Daniela Schaale - Javiera Irribarren
- Sodo, Juan Manuel “La Subjetividad Mediática en Clase: de la cara de vaca a la vaca loca”. Osvaldo Olate

J 22
- Jacques Derrida-Nelly Richard. Una filosofía deconstructiva Derrida, Jacques. “Leer lo ilegible”. Entrevista con Carmen González-Marín. Paulo Gonzalez – Alejandro Valenzuela.

J 29
- Brito et al. Leer en los bordes. (Selección). Camila Rossi

Junio
M 3
- Said, Edward. “Introducción” Orientalismo. Natalia Martinez – Daniela Alfero

J 5
- Entrevista a Michel Foucault por Gilles Deleuze “Los intelectuales y el poder”. María de los Angeles Castillo - Valentina Salinas
- Spivak, Gayatri Chakravorty, "Can the Subaltern Speak?.( Traducido por José Amicola). María Lyon – María Isabel Tapia

J 12
- Adorno y Horkheimer. “La industria cultural: ilustración y decepción de las masas”. Dialéctica de la Ilustración: fragmentos filosóficos. Josefina Valdés - Carmina Infante

M 17
- Benjamín, Walter. “La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica”. Laura Andrade - Rodrigo González.

J 19
- Hall, Stuart. “Hacia una deconstrucción de lo popular”. Gastón Biotti.

Cronograma del curso

Marzo
J 6 Presentación del curso
M 11 Culler, Jonathan. “Introducción”. Breve introducción a la teoría literaria
Juego de Citas
J 13 Revisión histórica de escuelas y movimientos

Unidad I: De la polifonía al pastiche moderno
M 18 Slovsky. Sobre el método formalista
Lecturas Oliverio Girando
J 20 Carnavalización literaria
Bajtín, Mijail. “El género, el argumento y la estructura…”. Problemas de la poética de Dostoievsky. El chorero (Cueca)
La colorada (cumbia villera)
M 25 Síntesis y ejercicios
Cabrera Infante
J 27 Drucarof, Elsa. Mijail Bajtín. La guerra de las culturas. (selección)
Kristeva, Julia. “Bajtin: La palabra, el diálogo la novela”.
“El árbol” de María Luisa Bombal.

Abril
M 1 Genette, Gerard. “Palimsestos” (cap 1) Discursos interrumpidos. Ejercicios de Estío Cabrera Infante
J 3 Jameson, Frederick. El posmodernismo o la lógica cultural de capitalismo avanzado.
Ejemplos traídos por los estudiantes de pastiche e historicismo

M 8 Unidad II: Subjetividad, representación, poder
J 10 Freud, Sigmund. “Lo siniestro”
“El poeta y los sueños diurnos”
M 15 Freud, Sigmund., “Presentación Autobiográfica”
J 17 Zizek, Slavov. “How to read Lacan?” Cap. 1.
M 22 Zizek, Slavov. “La mujer como la cosa” La metástasis del goce.
J 24 Foucault, Michel. “Panóptico”, “Cuerpos dóciles” Vigilar y castigar.
M 29 Historia de la sexualidad (vol 1.Capítulo uno).

Mayo
J 1 Feriado
M 6 PRUEBA MITAD DE SEMESTRE
J 8 Deleuze, Gilles. “Post data a las sociedades de control”
M 13 Deleuze - Guattari. “Rizoma”. Mil mesetas. Sodo, Juan Manuel “La Subjetividad Mediática en Clase: de la cara de vaca a la vaca loca” Debate
J 15 Deleuze, algunos conceptos
M 20 Deconstrucción Lectura de imágenes publicitarias
J 22 Jacques Derrida-Nelly Richard. Una filosofía deconstructiva Derrida, Jacques. “Leer lo ilegible”
Derrida, Jacques. “Entrevista con Carmen González-Marín”
M 27 Crítica Feminista,exposición
J 29 Brito et al. Leer en los bordes. (Selección). Análisis de textos
Junio
M 3 Said, Edward. “Introducción” Orientalismo Tarea: museo orientalista ( traer ejemplos literarios y no literarios de orientalismo)
J 5 Entrevista a Michel Foucault por Gilles Deleuze “Los intelectuales y el poder”
Spivak, Gayatri Chakravorty, "Can the Subaltern Speak?.( Traducido por José Amicola)
M 10 Spivak Continuación Lectura de textos de Violeta Parra y Víctor Jara según Spivak

Unidad IV: Lo popular, medios e industria cultural
J 12 Adorno y Horkheimer. “La industria cultural: ilustración y decepción de las masas”. Dialéctica de la Ilustración: fragmentos filosóficos. Los Simpson
M 17 Benjamín, Walter. “La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica” Fragmentos de Tiempos modernos de Chaplin
J 19 Hall, Stuart. “Hacia una deconstrucción de lo popular”
M 24 Síntesis del curso
J 26 Prueba Final
Julio
M 1
J 3 Examen oral
M


PORCENTAJES
Participación en clases 25 %
Prueba de mitad de semestre 25 %
Informe 25 %
Prueba final 25 %
Examen (se eximen con 6,0) 25%

Un pensamiento amigo

Derrida en castellano Nietzsche


UN ‘PENSAMIENTO AMIGO’
Jacques Derrida
«Derrida, à prix de ami», entrevista con Robert Magiore, Libération, 24 de noviembre de 1994, pp. I-III. Traducción de Rosario Ibáñez y María José Pozo, en DERRIDA, J., No escribo sin luz artificial, Cuatro ediciones, Valladolid, 1999. Edición digital de Derrida en castellano.


«Oh amigos míos, no hay amigos» -«O philoi oudeis philos»-. No es muy seguro que esta frase sea de Aristóteles. Pero atravesará la historia y la filosofía, y la historia literaria. Entre otros muchos, Montaigne la retomará: «O mes amis, il n'y a nul amy»... ¿No se trata de una sentencia extravagante, de una fórmula tan retorcida que resulta indecisa? ¿A qué amigos se les puede anunciar que no hay tales? ¿Quién tiene valor aún para dirigirse a sus amigos y darles una noticia tan sombría como la de su propia desaparición o la de su inexistencia? ¿Son falsos amigos, a quienes hay que hacerles comprender que ya no existe un solo amigo verdadero? O hay que, en esta «contradicción performativa», como dirían los lingüistas, leer la expresión de un deseo, de un requerimiento, de una promesa: no hay amigos, lo sabemos bien, pero, os lo ruego, ¡lograd que los haya, amigos míos!
Tal vez, si la omega inicial (o philoi) no fuese una interjección vocativa sino un dativo pronominal (hoi), atributivo, se podría llegar a una solución del tipo: «quien tiene amigos, carece de un amigo», o mejor, «quien tiene demasiados amigos no tiene ninguno» («Viele Freunde, kein Freund», «Cui amici amicus nemo»). ¿Menos enigmática? Entonces qué pensar de la provocación de Nietzsche, en Humano, demasiado humano: «¡Amigos no hay amigos!, exclamaba el sabio moribundo. ¡Enemigos no hay enemigos!, grita el viejo loco vivo que yo soy». ¿Hay que decir que la sabiduría se agota al no tener ya amigos?, ¿que la amistad no se (des)dice más que en la agonía?, ¿que no hay vida, ¡pero qué locura!, sino por el enemigo?, ¿que, el enemigo, cuando se declara como tal, «hace muestras de su hostilidad para no hacer el mal con su maldad», siendo así es mejor amigo que el amigo?
¿Querella de traductores o de filólogos? Ciertamente, no. Son huellas, índices, emblemas, paradigmas de una plurisecular historia de la amistad a los que Derrida retorna, da la vuelta, deconstruye y reúne en Políticas de la amistad. «Quizá no exista en la filosofía contemporánea una obra menos asible que la suya», escribe Rudy Steinmetz en su reciente Los estilos de Derrida (Bruselas, De Boeck). Jacques Derrida, el pensador francés más discutido en el mundo, tiene una forma particular de hacer filosofía: «no se trata tanto de una reproducción de la tradición filosófica -escribe Steinmet- cuanto de una repetición de ésta, es decir, de un trabajo de reescritura que se realiza no ‘sobre’ los textos, a los que bastaría describir neutramente su organización interna, sino ‘en’ los textos, reenviándoles -a menudo contra ellos mismos- la lógica interna que los fundamenta y los articula».
En Políticas de la amistad, Derrida efectúa este tipo de labor «en» los textos entrelazados de Aristóteles, Platón, Cicerón, Montaigne, Kant, Hegel, Nietzsche, Michelet, Hugo, Schmitt, Heidegger o Blanchot, para analizar y examinar la historia de la amistad. Sin embargo, nada tiene de «inasible»; todo lo contrario. Aborda la ternura y el secreto, la guerra y las promesas, aborda «esa extraña violencia que, desde siempre, se ha insinuado en el origen de las experiencias más inocentes de la amistad o de la justicia», aborda esos amigos que no son sino hombres y la democracia que se agota. Se trata de «parejas», lo singular y lo universal, lo privado y lo público, de una amistad que parece esencialmente extraña y rebelde a la res publica, y de otra amistad que une el amigo-hermano a la virtud y a la justicia, a la razón moral y a la razón política. Se discuten los grandes discursos canónicos, los de la fraternidad y la justicia aparente, discursos que tienen en común, sin embargo, la exclusión de la amistad femenina, discursos acerca una democracia sobre la que aún hay que pensar. Se trata de encontrar el «nombre justo» de la amistad, de decir, justamente, qué nombra la amistad. La cuestión «¿qué es la amistad?», o «¿quién es el amigo, la amiga?», no es más que la de «¿qué es la filosofía?».

Un año después de aparecer Espectros de Marx, publica usted al mismo tiempo que Políticas de la amistad, otro texto todavía más directamente político: Fuerza de ley. ¿Significa un esfuerzo para poner fin a esa duda según la cual, ante las cuestiones éticas, sociales y políticas, la «deconstrucción» desembocaría en una «abdicación casi nihilista»?

No; mi principal preocupación no consiste en replicar ni en pleitear. Desde el comienzo, hace ya cerca de treinta años, mi trabajo se situó, por así decirlo, bajo el signo de una afirmación ético-política. De entrada se ocupó de la cuestión de lo político, de lo ético y de lo jurídico. Uno de los hilos conductores de mi trabajo fue el nacionalismo. En mis seminarios se forjaron remotamente estas Políticas de la amistad, sobre todo en los consagrados a las cuestiones de la autoctonía, el origen y la «fraternidad». Pero esto es sólo un ejemplo. Pues, de hecho, tratan de la responsabilidad en general, tema de mis enseñanzas desde hace muchos años. Abordar una nueva experiencia de la responsabilidad ético-política, aquella a la que nos vemos solicitados, supone desprenderse de las amarras de certidumbres y conceptos que tienen una historia antigua y tenaz: es un ejercicio doloroso y, por lo tanto, peligroso e interminable.

Además, los seísmos de nuestro tiempo quiebran esas seguridades inmóviles más rápidamente que todos los discursos «deconstructivos». El acceso a esas exigencias de la responsabilidad pasa por momentos críticos, por una negatividad aparentemente destructora que debe acompañar, como si fuese su sombra, a la afirmación más responsable: la afirmación infinita de la justicia. Conviene perturbar el concepto dominante de democracia; la simpática «fraternidad» republicana y universal puede siempre hacer que regresen la simbología de la sangre, de la nación, de la etnia o del androcentrismo sublimado. Por otro lado, no es posible responder a estas cuestiones urgentes sin pensar ni escribir de una forma diferente, es decir, sin infringir cierta violencia a las facilidades de la lectura y a las vías habituales de la legitimación. Sobre todo en política, donde parece que lo normal es dejarse llevar por la corriente, justificar la retórica simplificadora y de consenso y no exigir demasiado esfuerzo al lector o al elector.



Nadie duda hoy en considerar obsoleto el ideal de emancipación y de liberación. Usted no suscribe tal «declaración». ¿Por qué? ¿Para reavivar semejante ideal hace falta, volver a pensar sobre las posibilidades mismas de la justicia hasta mostrar que la justicia reclama su fuerza «desde el primer momento»?

Usted sabe bien que, incluso cuando estaba de moda, nunca dije ni murmuré nada contra el ideal de emancipación y de liberación (sexual, cultural, lingüística, social, económica o política). Sigo siendo un «progresista» a mi modo. Es evidente que sigo cuestionando la herencia clásica de la Ilustración, las metafísicas de la consciencia, del sujeto, de la libertad, de la propiedad o la reapropiación. Pero sin renunciar a otra Ilustración. Y sigo luchando más que nunca, aunque de una forma diferente, por la «emancipación» o la «liberación», incluso allí donde una cierta heteronomía puede, y debe, permanecer irreductible. En vez de rechazar esas palabras, ¿por qué no darles un nuevo valor de uso manteniendo la fuerza de su memoria?

Puede parecer imposible, pero estoy convencido de que no habrá política que valga la pena sin este lenguaje diferente. Y, sobre todo, no habrá justicia. No es la propia justicia, si se puede hablar así, la que reclama la fuerza -la justicia debe continuar desarmada y dictar un respeto sin regla y sin conceptos, un respeto infinito por la singularidad-, sino el deber de inscribir la justicia lo máximo posible en la generabilidad calculable de cierto derecho. Este deber sigue siendo difícil tanto para pensarlo como para practicarlo: la justicia nunca se convierte en efectiva fuera de las figuras de un derecho, de una «fuerza de ley» a la que, sin embargo, excede... Suele denominarse a todo esto la «política» o la «historia».



En Políticas de la amistad, concede mucho espacio a Carl Schmitt, quien caracteriza la política mediante la discriminación entre el amigo y el enemigo. Usted añade, sin embargo, un largo comentario para «limitar al máximo un equívoco inevitable». ¿Temía usted que se le acusase, como a ciertos teóricos de extrema izquierda, de «rehabilitar» a este pensador, del que usted mismo recuerda que su virulencia antisemita «tomó formas extremas», y que «probablemente siguió siendo un nazi más allá de cuando se declaró como tal» ?

Rehabilitar, en absoluto. La propia palabra y el gesto me horrorizan. Yo recordé sin equívoco alguno el nazismo y el antisemitismo de Schmitt. Los capítulos que le dedico representan un cuestionamiento con suma minuciosidad de su proyecto, de sus presupuestos, de su estrategia discursiva, de su ligadura al derecho europeo, de su lógica binaria, de su pensamiento de la decisión, de la soberanía y de la excepción. Dicho esto, creo también que hay que leer a Schmitt, como hay que releer a Heidegger y todo lo que circula entre ambos. Tomando en serio la atención y la audacia de este pensamiento decididamente reaccionario -precisamente ahí donde se propone restaurar-, se puede poner de manifiesto su influencia en la izquierda (¡en la extrema izquierda!), pero también sus afinidades embarazosas con Leo Strauss, Benjamín y otros que ni siquiera lo supondrían. Comprender y formalizar la ley de estas paradojas, ¿no es una buena introducción a las tareas políticas del mañana?

Vigilante insomne o centinela obsesivo, con el coraje de su miedo, Schmitt vio venir lo que amenaza al orden europeo, a su teología política, a su (!) «derecho internacional», a sus conceptos acerca del Estado, de la guerra, de la técnica, de la democracia parlamentaria y de los medios de comunicación. No es fácil desmontar el discurso schmittiano, si se desea hacerlo honestamente. Tampoco es suficiente con desmontarlo, pero creo que sigue siendo uno de los ejercicios útiles para espolear una nueva idea de la política, un nuevo pensamiento político.



La frase atribuida a Aristóteles -«Oh amigos míos, no hay amigos»- es el hilo conductor de su obra. En cierto momento parece que se dispone a traducir en términos de amor lo que afirma sobre la amistad o el amigo, pero deja el análisis en suspenso. ¿Qué dice, pues, sobre el amor?

Me gustaría pensar que este libro, ante todo, trata del amor. En silencio, figuradamente o en secreto quizá. Pero en cada frase una especie de canto contenido apela a esa traducción magnetizada [aimentée] de la cual usted afirma, precisamente, que permanece en suspenso. Por otro lado, existe un punto en el que todo permanece, en el libro, suspendido en este «quizá peligroso» que Nietzsche asigna al pensamiento del futuro y al que, usted lo sabe bien, le he dedicado mucha atención. Un tratado sobre el amor deber ser un acto de amor, sí, un acto: una declaración y una prueba firmada, que viene a responder, para desplazarla, a otra palabra de Nietzsche, justo «en nombre del amor». Y toda esta precisión no excluye ni a los fantasmas ni a la locura.

En el fondo nunca he sabido ni querido distinguir entre el amor y la amistad. Pero para poder decir «te quiero» a un amigo o a una amiga, con un amour fou, hay que atravesar, precisamente en su cuerpo, muchas verjas históricas, todo un inmenso bosque de prohibiciones y de discriminaciones, de códigos, de escenarios, de «posiciones». Quizás para reanimar la voz profunda de ese «imán» que resuena antes de la distinción entre el amar y ser amado, amor y amistad, eros y philía, eros y agape, la caridad, la fraternidad o el amor al prójimo, etc. Este canto nos llama desde el fondo de una historia laberíntica e indescifrable, seductora hasta la desesperación. Me gusta arriesgar mis pasos, me gusta también perderme en ese laberinto, el momento de perderme. Pero esta oportunidad también nos puede llegar, furtivamente o no, con la gracia de una palabra, con el instante despojado de celos de una mirada o de una caricia. Sucede a veces quizá, pero no es posible atestiguarlo sin empezar ya a traicionarse: el uno o el otro.



Al actualizar sus análisis, ha evitado deliberadamente recurrir a «ejemplos» sacados de la «actualidad» política y mediática, que podrían servir de «pantalla para la reflexión». Es algo frustrante. Nos hubiera gustado ver, por ejemplo, si la nueva definición de «humanitario» tiene algo que ver con lo que Kant llama, no el filántropo, sino el «amigo de los hombres» o qué relación tiene con el «proceso de humanización fraternizante» que usted analiza.

Espero que las grandes cuestiones de la «actualidad» se le aparezcan al lector en cada momento, justamente cuando yo no pueda ni deba desarrollar mis sugerencias. La cuestión de lo «humanitario» es un ejemplo entre mil. A través de tantas tragedias geopolíticas, hoy tienden a multiplicarse las iniciativas en nombre de lo «humanitario», iniciativas que, esta es mi hipótesis, buscan un nuevo derecho, un nombre más apropiado, otro concepto para el hombre (y para los seres vivientes en general). A mi parecer, expresan de antemano las limitaciones, que se palpan a diario, de los Estados y de las instituciones internacionales. Ni su fuerza, ni su derecho, ni su discurso político, ni la interpretación del hombre y de los «derechos del hombre» que lo sustentan están a la altura de lo que «nosotros» esperamos de «nosotros», si puede decirse así, ante los nuevos cataclismos mundiales, las hambres, la «deuda exterior», los genocidios, las «mafias», las desigualdades ante la muerte y ante la ciencia, las guerras anónimas, los «crímenes de lesa humanidad» (uno de los conceptos problemáticos de «crimen», al lado del «crimen de guerra» o del «crimen político»).

Incluso allí donde Kant afina distinguiendo al «amigo de los hombres» del «filántropo», este «nosotros» no puede ser el hombre de la filosofía o del humanismo, ni el sujeto kantiano que según intento demostrar sigue siendo demasiado « fraternal» , sublimemente viril, familiar, étnico o nacional, etc. Pero también intento resaltar otras virtualidades del discurso kantiano y de toda la tradición que él continúa o supera... Es muy difícil, en este aspecto o en los restantes, hablar a tanta velocidad; déjeme subrayarlo al menos una vez.



Usted resalta, en todos los discursos canónicos acerca de la amistad, la exclusión de la amistad entre mujeres y la de la amistad entre un hombre y una mujer. ¿Es éste uno de los puntos fundamentales de la «historia de la amistad»? ¿Cuáles han sido los efectos de esta exclusión en la formación de modelos políticos, como el de la democracia?

Es evidente que no se trata de negar que sea posible la amistad entre mujeres o entre un hombre y una mujer, sino todo lo contrario. Se trata de radiografiar, en cierto modo, y de entrada en Europa, la historia a través de la cual la figura falocéntrica de la amistad -la pareja de amigos y su contrato testamentario- se convirtió en dominante y en «canónica», reservándose para sí sola la palabra y el derecho al archivo político, filosófico y literario. La interpretación de este archivo no es fácil, es una tarea sin fin, pero que nos abre a la historia «real» (discursiva o no) que ha conducido este modelo a su primacía política.

Me dediqué a perseguir el asunto tan rico y tan sinuoso de la fraternidad, a través de las memorias griega y cristiana, durante y después de la Revolución francesa -que llevó muy mal la turbulencia de esta palabra, demasiado cristiana para muchos. Pese al intenso movimiento de sublimación, de santificación y de universalización, el valor ideal de fraternidad -e incluso de fraternidad juramentada- se mantiene enraizado en la familia o en el origen (y, por tanto, en la naturaleza nacional, de sangre, suelo, autoctonía), y en la virilidad, en la virtud viril de los hijos, de los héroes y de los soldados. El tema, por tanto, parece clásico: la virtud, en particular la virtud política, la virtud en el amor, y la necesidad de sustraer esa virtud a su androcentrismo propiamente ancestral. Por destacar sólo un aspecto, la igualdad civil entre hombres y mujeres, tan reciente en la forma, sobre todo entre nosotros, queda aún en el lejano porvenir.

La fraternización ha podido servir para la democratización e incluso para dotarle de un horizonte, aunque tal horizonte le marca también un límite. Ninguna ruptura histórica originó este fraternalismo sobre cuyo significado debemos meditar hoy, especialmente en lo que se refiere a la futura democracia: ni la mutación entre el mundo griego y el mundo cristiano (cuya interpretación más habitual cuestiono) ni la república posrevolucionaria (no hace falta más que examinar los textos sumamente clarificadores de Michelet o de Hugo, con los que me encarnizo un poco en la época francesa de esta «fraternización») ni la «revolución psicoanalítica», ni siquiera hoy -y es el paso con más admiraciones pero también más inquietante del libro-, con aquellos que ya no admiten la autoridad de este paradigma greco-cristiano: Nietzsche y, con mayor discreción, Blanchot o Nancy. Quizá sea porque la fraternidad no les importó lo suficiente, me digo a veces ....



Jacques Derrida, ¿quiénes son sus amigos? No le estoy preguntando de quién es usted amigo, sino a quién ama, ya que una de las primeras distinciones de la historia de la amistad, en Platón o Aristóteles, indica que siempre es mejor amar que ser amado.

A mis amigos y mis amigas. Aunque tuviéramos tiempo y espacio para abordar esta pregunta, ahora me callaría. La respuesta pública se encontraría en el libro, a veces entre líneas, a veces a través de ciertos nombres propios, hacia el final. No están todos allí, pero indican suficientemente que todos y todas sólo podrían ser nombrados en singular: vocativo irreemplazable.

Como ve, finalmente todo se reduce a la cuestión de la singularidad y del número: ¿se puede tener más de un amigo, más de una amiga? ¿Cuántos? ¿Qué hay de la igualdad, de la alteridad y de la justicia a este propósito? Con el «más de uno» y «más de una» comienza quizá la política. La sensibilidad o la resistencia que uno manifiesta ante estas aporías predispone tal vez a la amistad, la amistad que a mí me gusta. Le ofrece más posibilidades, pero nunca es una condición. La amistad no pone condiciones ni espera devolución alguna: es igualdad sin reciprocidad ni simetría. Y allí donde sólo un pensamiento amigo puede dulcemente interrogar, desplazar, perturbar la autoridad del hermano, aunque fuese la del hermano idealizado, el pensamiento amigo se asemeja acaso, cuando se pone por escrito, al pensamiento de una amiga. No digo de una hermana, ¿aunque por qué no si la hermana no es ya un mero hermano?



Las más bellas páginas de Políticas de la amistad son, a mi juicio, las que consagra a Maurice Blanchot. Y sin embargo, su concepción de la amistad -«amistad sin esperar nada a cambio y sin reciprocidad, amistad para el que ha pasado sin dejar huellas, respuesta de la pasividad a la no presencia de lo desconocido» o «llamada a morir en común por la separación»- parece «imposible», insostenible. ¿Puede ello formar parte de una política de la amistad?

No; y aquí reside todo el problema. No, si se limita la política -o la democracia-, a sus rasgos hoy identificables o incontestados. Sueño con una política que siga siendo efectiva pero sin violentar la posibilidad, por muy improbable que sea, de esta amistad por encima de la reciprocidad, de la proximidad o de la identificación. En suma, con una política que no fuese injusta con «esta» amistad.

¿Es sólo un sueño? Tal vez. De todos modos, hay que tener en cuenta esta «vigilia»: que lo que parece imposible ya ha sido prometido y que, por lo tanto, se mantiene como pensable. Conservamos su memoria pensante cada vez que amamos, cada vez que traducimos las palabras de amor o de amistad. Cada vez que las hacemos, el amor y la amistad. Quizá en el origen de la política esté esta garantía, aunque una política, al ser inconmensurable con tal secreto, es siempre y debe permanecer siempre inadecuada.

Jacques Derrida






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La Subjetividad Mediática en Clase: de la cara de vaca a la vaca loca

(Universidadexperimental)

La Subjetividad Mediática en Clase: de la cara de vaca a la vaca loca
Introducción.
“Los docentes suelen decir que los estudiantes los miran con cara de vaca, frase terrible pero cierta. El docente trata de encontrar una cara que no sea de vaca para apoyarse y hablar con sentido, porque, si no, termina dándole clase al grabador y ahí no hay diálogo.”
La cámara apunta hacia el interior del aula: un profesor está sentado en su escritorio de siempre desplegando la clase con la voz debilitada por el paso de las horas. Le habla a un conjunto disperso de alumnos aplastados en sus sillas: algunos mueven la cabeza de un lado a otro, otros se duermen, otros se ríen ante algún comentario, otros toman apuntes, otros dibujan algo en hojas sueltas. El profesor hace una pausa, respira, mira las hojas amarillentas ordenadas sobre el escritorio. La cámara ahora lo toma en un primer plano: se lo nota abatido. El eco de su voz vuelve una y otra vez hasta hacerle perder el hilo de la exposición. Ellos lo miran como todos las martes: sentados solos o con sus compañeros predilectos, en primera fila o al fondo, birome en mano, celular en la mano libre, eternamente somnolientos, las mandíbulas flojas... con cara de vaca.
¿Qué es a lo que más le teme un profesor universitario sino a la mirada de vaca? ¿Cómo conjurarla? A continuación trataremos de ver cómo los modos utilizados para fomentar la participación de los alumnos no hacen más que encontrarse con las nuevas subjetividades mediáticos-mercantiles que habitan hoy las aulas universitarias.

Del dicho al hecho...
Para el análisis de los discursos se torna indispensable realizar una diferenciación entre enunciados y prácticas de enunciación. El primero de los términos se refiere a lo que un sujeto o institución dice y el segundo, las prácticas de enunciación, refiere a quién y cómo lo dice. Por lo tanto, refiere a lo que se hace y produce. La enunciación es el proceso de enunciar, de poner a funcionar la lengua mediante un acto individual de apropiación. Cuando se analizan los medios de comunicación se suele poner el acento en los enunciados: lo que el medio dice. De este modo aparecen las calificaciones entre periodistas progresistas y conservadores, los canales democráticos y los canales fascistas; los programas sin censura y los programas censuradores, etcétera. Otra operación de lectura diferente es analizar las prácticas de enunciación cotidianamente silenciadas tras la voz del enunciado. Lo que mediante el discurso se dice encubre lo que el discurso en realidad hace . La visibilidad del enunciado mediático puesto a circular torna invisibles las prácticas de enunciación. Se establece un complejo desacople entre enunciados y prácticas de enunciación.
Los modos de habitar la universidad también suelen ser leídos únicamente a partir de los enunciados circulantes. Existen entonces las cátedras, profesores y alumnos reconocidos por la utilización de líneas teóricas, conceptos, autores considerados alternativos, progresistas e incluso antiacadémicos. Aparecen lo que llamaremos las cátedras piolas: flexibles, sin divisiones claras entre docente-alumno, no hay demasiadas exigencias formales ni orden, los profesores son simpáticos, compinches, un tanto desfachatados; la cátedra piola hace del espontaneísmo un modo de habitar la facultad. “A mí me gustó la materia, es distinta, nada que ver con las otras que son más cerradas. Acá te podes volar”, es el enunciado que se escuchará si se pregunta por una de estas cátedras.
Pero existen otros tipos de cátedras –siempre desde este esquema: las verticalistas, aquellas que utilizan líneas teóricas clásicas, metodologías rígidas, sus profesores son parcos y exigentes en lo formal, distantes, casi inaccesibles, tienen un alto índice de reprobados en los exámenes finales y se ufanan de eso. Las cátedras verticalistas son conservadoras y oprimen al alumno que quiere vivir en libertad.
El análisis cambia cuando ya el acento no se coloca sólo en los enunciados sino también en las prácticas de enunciación de las cátedras y de los alumnos. Esto requiere de una operación de interpretación de los discursos en tanto lo que surge es un desacople entre los enunciados y las prácticas de enunciación silenciadas hasta para aquellos que enuncian conceptos “progresistas” o “alternativos”. Este tipo de desfase se verifica en los exámenes, en los trabajos prácticos y, sobre todo, en los proyectos de tesis y en las tesis finales.
Los alumnos realizan consultas o presentan sus temas para rendir, o proyectos para sus tesis –lo mismo da- y lo enuncian –por escrito u oral, poco importa- de este modo: yo quiero ver máquinas de guerra en los movimientos feministas. Otros ejemplos: yo quiero analizar las letras de los redonditos de ricota desde el esquizoanálisis; voy a analizar los cacerolazos del 2001 como acontecimientos, devenires y agenciamientos. Otros casos: yo quiero relevar los paradigmas de gestión y organización de la comunicación en la Planta Nuclear del Señor Burns en Los Simpsons.
Yo quiero ver las disciplinas y los panópticos que cuadriculan a los alumnos en la escuela de mi pueblo; Yo quiero pensar a los Alcohólicos Anónimos como un grupo operativo desde Pichón Riviere No se trata de invalidar temas de tesis o temas utilizados para rendir las materias. Se trata de poder diferenciar el contenido de este tipo de enunciados respecto a lo que los alumnos hacen a partir del interés por determinados autores y conceptos nominados como “antiacadémicos” o “alternativos”. No intentaremos hacer un lectura del contenido de ciertos autores o de la importancia de determinados conceptos, intentaremos ver los modos de apropiación (operaciones de lectura, formas de utilización) que efectúan los alumnos y las cátedras piolas de éstos.
La utilización de autores como Deleuze, Guattari, Spinoza, Virno, Negri, Zizek, Agamben pone de manifiesto un interés de los alumnos y profesores por innovar en los enfoques que la carrera y la facultad ofrecen. Esto es un aspecto a destacar si se tiene en cuenta el enorme valor de la producción de dichos pensadores. Pero vayamos a las modalidades de apropiación. Según los enunciados circulantes en diferentes cátedras de la carrera de comunicación, para los alumnos hablar de rizomas implica salirse de las metodologías rígidas y arborescentes impuestas por las cátedras verticalistas. Sin embargo, tal como veremos, a pesar de lo enunciado, el modo de puesta en práctica de esos conceptos “anti-académicos” (con el de rizoma como estandarte) es netamente académico. La trasgresión en la universidad no pasa meramente por la lectura de ciertos autores “malditos”, sino, en todo caso, por el modo de procesamiento y utilización de un corpus teórico. Sobrecodificar una situación a partir del arsenal bibliográfico existente es la operación clásica de un agente universitario. Comprobar que todo lo que aconteció en un proceso social reciente ya se conoce, categorizarlo con lo que ya se leyó en los libros y los apuntes es una operación académica tradicional. Tan tradicional como anotarse en alumnado antes de rendir un final. No importa entonces los conceptos –progres o conservadores- utilizados para abordar un tema o una problemática.
En todo caso: ¿Cuál es la diferencia entre aplicar una bibliografía “posestructuralista” o una considerada “tradicional” para sobrecodificar lo ocurrido en una empresa recuperada por sus trabajadores? Ninguna. Es exactamente lo mismo. ¿Cuál es la diferencia entre aplicar mecánicamente enfoques deleuzianos y aplicar metodológicas de investigación científica clásica para traducir en conceptos la lucha de los asambleístas de Gualeguaychú? Ninguna.
La realización de las tesis de grado es un problema acuciante. Los alumnos y tutores padecen esta instancia. El punto de partida de una investigación de tesis debe ser un problema. Donde existe un no-saber existe la necesidad de movilizar recursos. Entre estos recursos, por supuesto, cuentan los recursos teóricos. No se trata del camino inverso. El problema es cuando el problema son los presupuestos teóricos como punto de partida –y llegada- desligados de una situación problemática. A la pregunta por la elección del tema de tesis no tarda en hacerse oír el siguiente enunciado: “elegí ese tema porque me enganché con algunos conceptos de la materia. Yo en realidad no conozco prácticamente nada del tema que quiero investigar”.
De este modo el corpus teórico aparece como un fin en sí mismo y no como una caja de herramientas, es decir, como recursos disponibles para pensar una situación problemática. En esa operación no hay nada instituyente, por el contrario, hay ratificación de lo instituido bajo la apariencia de un tránsito progresista por la carrera.

Un síntoma: la cara de vaca.
La profesora entra y se para frente a los alumnos. Se la nota molesta. Pide de mal modo que se apaguen los celulares y comenta los objetivos de la materia. Acto seguido, recomienda atención con las lecturas porque el número de desaprobados del año anterior fue muy alto. Asegura que ella no va a bajar el nivel de exigencias. Luego realiza una encarnizada crítica a la pasividad y a la falta de dedicación de los alumnos. Ni siquiera saben leer, dice y se acomoda el pelo. Acá no va a aprobar cualquiera, agrega mientras saca una carpeta para iniciar la clase. Luego repite varias veces seguidas la misma frase ante la mirada indiferente de los alumnos: tienen que entender que ya están en la universidad, ya están en la universidad, ya están en la universidad...
¿Cómo combate la cátedra dura la cara de vaca? Con más dureza. Es decir, insiste en la imposición disciplinaria de formas pedagógicas y de determinadas condiciones de recepción quizá productivos en otra época aunque ineficaces en la clase contemporánea. ¿El resultado? Más caras de vaca. Lo que la cátedra dura no puede registrar en su intento por redimir un pasado perdido en el que estar en la universidad era parte de un proyecto colectivo, es que hoy en día diferenciar la subjetividad que habita la facultad de la subjetividad mediática (mercantil) es una operación compleja o directamente infructuosa.
Lejos de la imagen extendida de un alumno activo en su compromiso ciudadano, las aulas se transformaron en lugares donde no se encuentra otro sentido para quedarse sentado que no sea descubrir los passwords estratégicos para aprobar la materia. Es decir, todas aquellas llaves (conceptuales, lingüísticas, actitudinales, afectivas, procedimentales, etc.) que los alumnos logran reconocer y poner en juego para aprobar la materia, afrontar la siguiente, la próxima a la siguiente, y así hasta obtener el título. En ese sentido, el sentido es hacer un trámite, como cualquier otro, rápido, seguro, sin demoras, en el acto, porque el mercado cambia todo el tiempo y hay que estar siempre listo. En ese marco, un docente duro, en el mejor de los casos, se transforma en un 0-800, en un mini-centro de atención al consumidor de la materia.
Para desasosiego de lo que dimos en llamar la cátedra verticalista, el tipo subjetivo universitario contemporáneo por excelencia es el estudiante consumidor. El estudiante, entonces, como todo buen consumidor, vive deseoso de nuevas ofertas (nuevas materias, nuevos regímenes de promoción, nuevos autores, nuevas herramientas profesionales), está a la caza de la novedad, ya, ahora, en un presente continuo en el que nada es considerado relevante si dura más tiempo del que insume hacer un click.
Con estos comportamientos no puede lidiar la cátedra dura, la tradicionalmente académica. Su discurso no logra interpelar a la subjetividad mediático-mercantil. Aquello que le devuelven las caras de vacas, como si fueran espejos intolerables, es la intrascendencia de su posición docente. Es decir, la poca –o nula- importancia que revisten sus propuestas y modos pedagógicos –su figura- para los alumnos. Así, los profesores suelen encontrarse todos los años en los pasillos o en el bar repitiendo las mismas quejas sobre la pasividad, la desidia y la poca actitud de los alumnos; o bien volviendo a reprobarlos en los exámenes finales bajo el argumento de que “ya los chicos no leen, tampoco interpretan, yo no sé qué les pasa, se la pasan con la televisión y la internet”.

Un síntoma: la vaca loca.
El profesor piola abre la clase y propone trabajar un concepto. Acto seguido, propone la participación de todos porque se trata de que no haya jerarquías a la hora de construir la clase: empieza a desplegar el concepto y en pocos minutos un alumno levanta la mano. Le da la palabra: “a mí me conecta lo que usted dice con el problema de los excombatientes de Malvinas, cómo puede ser que las instituciones estatales los dejen así de desamparados”. El profesor vincula lo dicho con lo ocurrido después de la guerra de Vietnam y habla de los daños subjetivos de los combatientes. Otro alumno interviene y plantea la ausencia del Estado también en el problema ecológico. Otro dice que en Gualeguaychú existen infiltrados. Otro rescata la resistencia del pueblo iraquí contra las tropas estadounidenses. Otro dice que así como existe un Estado ausente existen los barrios privados. Otro argumenta que los chicos de los barrios privados se crían sin límites concretos. Otro recomienda leer a Badiou porque eso ya lo analizó en el año 91’. Otro que se trata de un problema netamente educativo. Otro plantea la importancia de internet en las luchas políticas. Pasan los minutos y la clase termina en medio de alumnos y profesores discutiendo sobre la situación de los inundados.
¿Cómo combate la cátedra piola la mirada de vaca? Fomentando un anti-academicismo que no interroga las condiciones y prácticas de enunciación que ella misma promueve. ¿El resultado? Zona liberada para que prolifere la subjetividad mediático-mercantil.
La cátedra piola destituye la rigidez propia de la cátedra dura: acota la asimetría profesor-alumno, descarta metodologías estructurantes, promueve la participación, modifica la disposición en el aula, incentiva a tomar mate, etcétera. El problema emerge una vez hecho ese trabajo destituyente en tanto la cátedra piola no logra crear nuevos dispositivos pedagógicos que promuevan un abordaje productivo de los saberes.
Por dispositivos pedagógicos entendemos aquellas metodologías y dinámicas de trabajo cuyo objetivo es generar relaciones productivas –ligazón, vínculos, entramados- entre los sujetos intervinientes en una clase; y entre éstos y los saberes puestos en juego. Esto es, dispositivos que permitan una apropiación de los saberes en tanto recursos de pensamiento.
En la cátedra piola vale todo. Sin nuevos dispositivos pedagógicos, se da rienda suelta al despliegue de lo que venimos denominando subjetividad mediática. La utilización de dispositivos pedagógicos implicaría, según esta lógica, la restitución de su peor fantasma: la temida jerarquización y la ominosa arborescencia.
Si la clase en una cátedra tradicional se caracteriza por la pasividad y el tedio, la cátedra piola se transforma en un reality show. Los alumnos ya no miran con cara de vaca (silenciosos, aburridos, indiferentes) sino que ponen en marcha esas mismas operaciones que minutos u horas antes habían requerido desplegar para conectarse con la televisión o con internet: opinan acerca de los temas planteados como si estuvieran viendo Gran Hermano, un noticiero o el programa de Santo y linkean (abren ventanas temáticas de modo frenético y sin clausura) como si tuvieran un mouse en la mano y navegaran en el google. Sólo que en el aula lo hacen a partir de los conceptos y temas propuestos por los profesores.
Las clases se transforman entonces en un fuego cruzado de enunciados inconexos entre alumnos y profesores, más que en el trabajo de un concepto o problemática. Esa misma capacidad que tienen para pasar de una ventana a otra cuando navegan por internet, esa misma capacidad de conexión y desconexión con diez programas de televisión en cuestión de segundos la utilizan para habitar la clase. Se empieza por un lado y en cuestión de segundos ya se está sumergido entre una infinidad de nuevos links.
Los docentes mismos pierden de vista el objetivo inicial del día y quedan presos de la ultra veloz operación de linkeo temático realizado por los alumnos. El zigzagueo a través de las olas temáticas los arrastra sin retorno ya muy lejos de la orilla hasta el punto de no poder divisarla. A este pasaje lo vamos a denominar del siguiente modo: de la cara de vaca a la vaca loca.
Para la cátedra piola no es un problema la transformación del aula en un programa de televisión. Al contrario. Contempla ese modo de funcionamiento mediático como un cambio cualitativo que trasgrede la rigidez académica. Al efecto, se dejan escuchar en la cátedra piola enunciados tales como: “la clase estuvo buena porque hubo mucha participación”, “estuvo buena porque se habló de muchos temas”. Lo que no puede evaluar es que si bien es cierto que ya no es víctima de la pasividad del alumnado, sí lo es respecto a las operaciones mediáticas que obstaculizan la aportación de ideas y la producción de pensamiento. El resultado de una clase en una cátedra piola tiene, en principio, una dimensión productiva: se la pasa bien, hay buena onda, lo cual no es poco en las condiciones universitarias actuales. Sin embargo, al mismo tiempo, desemboca en un resultado recurrente, típicamente mediático: se habla de todo pero no queda nada.

Hacia un nuevo contrato pedagógico.
Hacer una lectura crítica de la cátedra piola no significa inclinarnos por las metodologías duras. La destitución de formas académicas rígidas y poco productivas es un paso fundamental. De igual modo aclaramos: si criticamos a estas propuestas metodológicas “verticalistas” no es necesariamente por el hecho de ser rígidas sino por su ineficacia para generar algún tipo de experiencia en las clases. El problema en la cátedra piola se presenta cuando la continuación de ese paso destituyente es el mero espontaneísmo. No hay trasgresión, en definitiva, si hay vale todo y una promoción del linkeo y la opinión sin objetivos guías ni dispositivos pedagógicos de trabajo pensados para cumplir con éstos durante una clase.
El despliegue por parte de los alumnos de sus capacidades vitales (comunicativas, afectivas, cognitivas, creativas, lingüísticas, etc) tanto como sus capacidades de conexión veloz entre elementos de diferente naturaleza (operación que hemos denominado como de linkeo) no es un problema en sí mismo. Por el contrario, nos parece que el despliegue de dichas potencias puede transformarse en un pasaje sumamente productivo en el ámbito universitario.
Incluso más: dichas capacidades deben transformarse en un presupuesto indispensable para el diseño de nuevos dispositivos pedagógicos. Hoy en día la empresa posfordista no hace más que incentivar y apropiarse de esas capacidades vitales aunque para intensificar la explotación de los trabajadores. El problema es cuando esas potencias, en especial la capacidad de linkeo, se despliegan sin un dispositivo ni un contrato pedagógico en las clases. Más que ligar entonces, dichas conexiones desligan permanentemente. Es decir, librado al espontaneísmo piola esas capacidades devienen operaciones mediáticas que obstaculizan cualquier trabajo productivo en el aula.
Nuestra hipótesis es la siguiente: la cátedra piola combate a la subjetividad académica sin poder registrar que en la actualidad la subjetividad dominante en la academia es la mediático-consumidora. En su intento por combatir a esa primera que deplora alimenta a la segunda que desconoce.
Nuevamente retomamos la diferenciación entre enunciados y prácticas de enunciación. Cualquier autor puede ser utilizado como insumo para las operaciones mediáticas, en tanto lo que existe es una apropiación del saber que lo transforma en información. La información es el insumo provisto y utilizado por los medios. Su combustible originario. La información, a diferencia del saber, no requiere de ordenación temporal, ni de orden lógico, tampoco se acumula. Eso es lo que posibilita una conexión y una desconexión tan rápida como efímera de los programas de la televisión o con los links informáticos. La información no requiere de memoria.
Está próxima al régimen de la imagen. La transformación del saber en tanto información es lo que permite operaciones de linkeo con autores y conceptos –alternativos o clásicos, conservadores o progresistas. El resultado de estas operaciones es el mismo: todo se acumula excesivamente y se dispersa.

Si la subjetividad académica tradicional no puede transformar el saber en recurso de pensamiento, la subjetividad mediática no puede dejar de transformar el saber en información. Si la subjetividad académica tradicional no puede poner en suspenso –o interpelar- el arsenal bibliográfico para pensar la singularidad de una situación, la subjetividad mediática no puede dejar de transformar cualquier situación o problema en un tema de la agenda mediática entre otros.
notas:
1 Este trabajo fue escrito para el Anuario La Trama, libro publicado por la escuela de Comunicación Social, Facultad de Ciencia Política y RR. II, Universidad Nacional de Rosario. Los autores de éste son adscriptos en dos cátedras de esta carrera.
2 El testimonio corresponde a Raquel Bozzolo, Psicóloga, Analista Institucional, Docente de la UNLP, miembro fundadora del equipo psicológico de las Madres de Plaza de Mayo. Diario Página 12, edición del 08-04-2007. 3 Benveniste dice que antes de la enunciación la lengua no es más que la posibilidad de la lengua, la cual propone formas vacías de las que quien enuncia se apropia constituyéndose como sujeto. En el proceso de enunciación la persona que enuncia instaura condiciones espacio-temporales, la posibilidad del diálogo y se constituye en sujeto. Emana la subjetividad a la vez que la lengua se convierte en discurso. Ver BENVENISTE, E. “Problemas de lingüística general”. Ed. Siglo XXI, México, 1976
3 LEWKOWICZ-COREA. “¿Se acabo la infancia? Ensayo sobre la destitución de la infancia”. Ed. Humanitas, BsAs., 1999.
4 Una opinión es un enunciado que no toca subjetivamente a sus interlocutores. Que lejos de interpelar a alguien en una situación determinada, desconecta, dispersa, no remite más que a ella misma. La opinión es fragmentaria, autorreferencial. No tiene que ver con el enunciado sino con las condiciones de enunciación: se puede estar diciendo algo interesantísimo pero se lo puede estar haciendo desde un modo opinativo


Juan Manuel Sodo juansodo@hotmail.com Juan Pablo Hudson juanpablohudson@hotmail.com
Rosario, abril de 2007.

Notas sobre la deconstrucción de lo popular

Notas sobre la desconstrucción de «lo popular» Stuart Hall

(Publicado en SAMUEL, Ralph (ed.). Historia popular y teoría socialista, Crítica, Barcelona, 1984)

Primeramente, quiero decir algo acerca de las periodizaciones en el estudio de la cultura popular. La periodización plantea aquí problemas difíciles; yo no se la ofrezco a ustedes sencillamente como una especie de gesto para con los historiadores. ¿Son en gran parte descriptivas las rupturas importantes? ¿Nacen principalmente del seno de la propia cultura popular, o de factores que son ajenos a ella pero la afectan? ¿Con qué otros movimientos y periodizaciones se vincula más reveladoramente la «cultura popular»? Luego deseo hablarles de algunas de las dificultades que me ocasiona el término «popular». Tengo casi tantos problemas con «popular» como con «cultura». Cuando se unen los dos términos, las dificultades pueden ser horrendas.
Durante la larga transición hacia el capitalismo agrario y luego en la formación y evolución del capitalismo hay una lucha más o menos continua en torno a la cultura del pueblo trabajador, las clases obreras y los pobres. Este hecho tiene que ser el punto de partida de todo estudio, tanto de la base como de la transformación de la cultura popular. Los cambios de equilibrio y de las relaciones de las fuerzas sociales durante la citada historia se manifiestan, una y otra vez, en las luchas en torno a las formas de la cultura, las tradiciones y los estilos de vida de las clases populares. El capital tenía interés en la cultura de las clases populares porque la constitución de todo un orden social nuevo alrededor del capital requería un proceso más o menos continuo, pero intermitente, de reeducación en el sentido más amplio de la palabra. Y en la tradición popular estaba uno de los principales focos de resistencia a las formas por medio de las cuales se pretendía llevar a término esta «reformación» del pueblo. De ahí que durante tanto tiempo la cultura popular haya ido vinculada á cuestiones de tradición, de formas tradicionales de vida y de ahí que su «tradicionalismo» se haya interpretado equivocadamente tan a menudo como fruto de un impulso meramente conservador, que mira hacia atrás y anacrónico. Lucha y resistencia, pero también, por supuesto, apropiación y ex-propiación. Una vez y otra, lo que estamos viendo en realidad es la destrucción activa de determinadas maneras de vivir y su transformación en algo nuevo. «Cambio cultural» es un eufemismo cortés que disimula el proceso en virtud del cual algunas formas y prácticas culturales son desplazadas del centro de la vida popular, marginadas activamente. En vez de limitarse a «caer en desuso» a causa de la Larga Marcha hacia la modernización, las cosas son activamente apartadas para que otra pueda ocupar su lugar. El magistrado y la policía evangélica tienen, o deberían tener, en la historia de la cultura popular, un lugar más «de honor» que el que generalmente se les ha concedido. Aún más importante que el anatema y la proscripción es ese elemento sutil y escurridizo al que llamamos «reforma» (con todos los matices positivos e inequívocos que el término lleva hoy día). De un modo u otro, «el pueblo» es con frecuencia el objeto de la «reforma»: a menudo por su propio bien, desde luego, «en beneficio suyo». Hoy en día la lucha y la resistencia las entendemos bastante mejor que la reforma y la transformación. Pese a ello, hay «transformaciones» en el corazón del estudio de la cultura popular. Me refiero al trabajo activo en tradiciones y actividades existentes, la reelaboración activa de las mismas, de manera que salgan de un modo distinto: parecen «persistir», pero, de un período a otro, pasan a ocupar una relación diferente con las formas de vivir de la gente trabajadora y sus formas de definir sus relaciones mutuas, sus relaciones con «los demás» y con sus condiciones de vida. La transformación es la clave del largo y prolongado proceso de «moralización» de las clases laborales, «desmoralización» de los pobres y «reeducación» del pueblo. En sentido «puro», la cultura popular no consiste en las tradiciones populares de resistencia a estos procesos, ni en las formas que se les sobreponen. Es el terreno sobre el que se elaboran las transformaciones.
En el estudio de la cultura popular deberíamos empezar siempre por aquí: con el doble ruego de la cultura popular, el doble movimiento de contención y resistencia, que siempre está inevitablemente dentro de ella.
El estudio de la cultura popular ha tendido a oscilar desordenadamente entre los dos polos alternativos de esa dialéctica: contención/resistencia. Hemos experimentado algunas inversiones notables y maravillosas. Pensemos en la revolución verdaderamente importante de la comprensión histórica que ha venido después de que la historia de la «buena sociedad» y la aristocracia whig de la Inglaterra del siglo XVIII quedara trastornada al añadírsele la historia del pueblo turbulento e ingobernable. Con frecuencia, las tradiciones populares de los pobres trabajadores, las clases populares y los «elementos disolutos y desordenados» del siglo XVIII parecen ahora formaciones virtualmente independientes: toleradas en un estado de equilibrio permanentemente inestables en tiempos relativamente pacíficos y prósperos; sujetas a excursiones y expediciones arbitrarias en tiempos de pánico y crisis. Sin embargo, aunque formalmente éstas eran las culturas de la gente «fuera de las murallas», más allá de la sociedad política y del triángulo del poder, de hecho nunca estuvieron fuera del campo, más amplio, de las fuerzas sociales y las relaciones culturales. No sólo presionaban constantemente a la «sociedad»; estaban vinculadas y relacionadas con ella por medio de multitud de tradiciones y prácticas. Líneas de «alianza» además de líneas de división. Desde estas bases culturales, a menudo muy alejadas de las disposiciones de la ley, el poder y la autoridad, «el pueblo» amenazaba constantemente con entrar en erupción; y cuando así era irrumpía en el escenario del patronazgo y del poder con un estruendo y un clamor amenazadores-con pífano y tambor, escarapela y efigie, proclama y ritual-y, a menudo, con una notable disciplina ritual y popular. Pero sin llegar nunca a trastornar del todo los delicados lazos de paternalismo, deferencia y terror que le tenían constreñido de manera constante aunque insegura. En el siglo siguiente, allí donde las clases «trabajadoras» y «peligrosas» vivían sin el beneficio de esa fina distinción que tanto ansiaban trazar los reformadores (era una distinción tan cultural como moral y económica: y se dictaron muchas leyes y ordenanzas basadas directamente en ella), algunos campos conservaron durante largos períodos la condición de enclave virtualmente impenetrable. Tuvo que transcurrir casi todo el siglo para que los representantes de «la ley y el orden»-la nueva policía-pudieran adquirir una semblanza de asidero regular y acostumbrado en ellas. Sin embargo, al mismo tiempo la penetración de las culturas de las masas trabajadoras y de los pobres urbanos era más profunda, más continua-y más continuamente «educativa» y reformatoria-en aquel período que en cualquier otro posterior.
Una de las principales dificultades que se interponen a una periodización apropiada de la cultura popular es la profunda transformación que la cultura de las clases populares sufre entre los decenios de 1880 y 1920. Sobre este período quedan aún por escribir historias completas. Pero, aunque probablemente hay muchos aspectos de detalle que no están bien, creo que el artículo de Gareth Stedman Jones sobre la «reformación de la clase obrera inglesa» en dicho período nos ha llamado la atención sobre algo fundamental y cualitativamente distinto e importante en él. Fue un período de hondo cambio estructural. Cuanto más lo examinamos, más nos convencemos de que en alguna parte de este período se halla la matriz de los factores y problemas de donde nacen nuestra historia y nuestros dilemas peculiares. Todo cambia y no se trata sencillamente de un cambio de las relaciones entre las fuerzas, sino de una reconstitución del terreno de la lucha política. No es pura casualidad que tantas de las formas características de lo que ahora consideramos como cultura popular «tradicional» aparezcan, cuando menos en su distintiva forma moderna, durante dicho período. Lo que ya se ha hecho para los decenios de 1790 y 1840 y se está haciendo para el siglo XVIII es radicalmente necesario hacerlo ahora para el período de la que podríamos denominar la crisis «social imperialista».
La observación general que hemos hecho antes es aplicable, sin reserva alguna, a este período, en lo que se refiere a la cultura popular. No existe ningún estrato independiente, autónomo, «auténtico» de cultura de la clase obrera. Gran parte de las formas más inmediatas de esparcimiento popular, por ejemplo, están saturadas de imperialismo popular. ¿Cabía esperar otra cosa? ¿Cómo podríamos explicar, y qué haríamos con la idea, la cultura de una clase dominada que, a pesar de sus complejas formaciones y diferenciaciones interiores, mantuviera una relación muy especial con una importante reestructuración del capital; la cual mantuviera a su vez una relación peculiar con el resto del mundo; un pueblo atado por los lazos más complejos a una serie cambiante de relaciones y condiciones materiales; que de algún modo se las arreglase para construir «una cultura» en la que no influyese la más poderosa ideología dominante: el imperialismo popular? Especialmente cuando esa ideología-contradiciendo su nombre-fuera tan dirigida a ellos como a la cambiante posición de Inglaterra en una expansión capitalista mundial.
Pensemos, en relación con el asunto del imperialismo popular, en la historia y las relaciones entre el pueblo y uno de los principales medios de expresión cultural: la prensa. Volviendo al desplazamiento y a la superposición, podemos ver claramente cómo la prensa liberal de la clase media de mediados del siglo XIX se construyó sobre el lomo de la destrucción activa y la marginalización de la prensa radical y obrera indígena. Pero, encima de este proceso, tiene lugar, hacia las postrimerías del siglo XIX y principios del XX, algo cualitativamente nuevo en este campo: la inserción activa y en masa de un público obrero desarrollado y maduro en un nuevo tipo de prensa comercial y popular. Esto ha tenido hondas consecuencias culturales: aunque no es, en sentido estricto, una cuestión exclusivamente «cultural». Hizo necesaria la reorganización completa de la base y la estructura capitalistas de la industria cultural; el aprovechamiento de nuevas formas de tecnología y procedimientos de trabajo; la instauración de nuevos tipos de distribución que funcionasen a través de los nuevos mercados culturales de masas. Pero, de í hecho, uno de sus efectos fue la reconstitución de las relaciones políticas y culturales entre las clases dominante y dominada: un cambio íntimamente relacionado con esa contención de la democracia popular sobre la que parece estar firmemente basada «nuestra democrática forma de vida» actual. Sus resultados siguen palpablemente entre nosotros: una prensa popular, más estridente y virulenta a medida que va gradualmente encogiéndose, organizada por el capital «para» las clases obreras; a pesar de ello, con raíces profundas e influyentes en la cultura y el lenguaje de «nosotros», de los «de abajo»; con la facultad de representar la clase ante sí misma en su forma más tradicionalista. Se trata de una parte de la historia de la «cultura popular» que bien merece que se la estudie.
Huelga decir que uno no podría empezar a hacerlo sin hablar de muchas cosas que normalmente no figuran en absoluto en la consideración de la «cultura». Son cosas relacionadas con la reconstrucción del capital y la ascensión de los colectivismos y la formación de un nuevo tipo de estado «educativo» en la misma medida en que están relacionadas con el esparcimiento, el baile y la canción popular. Como campo para una labor histórica seria, el estudio de la cultura popular es como el estudio de la historia del movimiento obrero y sus instituciones. Declarar que se tiene un interés en ello es corregir un desequilibrio importante, señalar una omisión significativa. Pero, a la postre, cuando más rinde es cuando la vemos en relación con una historia más general, más amplia.
Escojo este período-el comprendido entre los decenios de 1880 y 1920-porque es punto de referencia del resurgimiento del interés por la cultura popular. Sin el menor propósito de difamar la importante labor histórica que se ha hecho y que sigue por hacer en relación con períodos anteriores, creo de veras que muchas de las dificultades reales (así teóricas como empíricas) no las afrontaremos hasta que empecemos a examinar atentamente la cultura popular en un período que empieza a parecerse al nuestro, que plantea el mismo tipo de problemas de interpretación que el nuestro y al que informa nuestro propio sentido de las cuestiones contemporáneas. Me inspira recelo el tipo de interés por la «cultura popular» que se detiene súbita e inesperadamente más o menos en el mismo punto que la decadencia del cartismo. No es casualidad que seamos muy pocos los que trabajamos en la cultura popular del decenio de 1930. Sospecho que hay algo especialmente embarazoso, sobre todo para los socialistas, en el hecho de que no apareciese una cultura obrera madura, radical y militante en los años treinta cuando-si quieren que les diga la verdad-la mayoría de nosotros hubiera esperado que apareciese. Desde el punto de vista de una cultura popular puramente «heroica» o «autónoma», el decenio de 1930 es un período muy estéril. Esta esterilidad-al igual que la riqueza y la diversidad inesperadas de antes-no puede explicarse solamente desde dentro de la cultura popular.
Ahora hemos de empezar a hablar no sólo de discontinuidades y de cambio cualitativo, sino de una fractura muy seria, una profunda ruptura, especialmente en la cultura popular del período de posguerra. Aquí no se trata únicamente de un cambio en las relaciones culturales entre las clases, sino del cambio en la relación entre el pueblo y la concentración y expansión de los nuevos aparatos culturales. Pero, ¿es posible proponerse ahora seriamente escribir la historia de la cultura popular sin tener en cuenta la monopolización de i las industrias culturales, sobre la espalda de una profunda revolución tecnológica (no hace falta decir que ninguna «profunda revolución tecnológica» es jamás en ningún sentido «puramente» técnica)? Escribir una historia de la cultura de las clases populares exclusivamente desde dentro de esas clases, sin comprender cómo aparecen constantemente en relación con las instituciones de la producción cultural dominante, equivale a no vivir en el siglo XX. Esto queda claro en lo que hace al siglo XX. Creo que también queda claro en lo referente a los siglos XIX y XVIII.
Dejemos ya el asunto de «algunos problemas de la periodización».
A continuación quisiera decir algo sobre el adjetivo «popular». Este término puede tener varios significados diferentes; no todos ellos son útiles. Tomemos el significado más racional: las cosas que se califican de populares porque masas de personas las escuchan, las compran, las leen, las consumen y parecen disfrutarlas al máximo. Ésta es la definición «de mercado» o comercial del término: ésta es la definición que pone malos a los socialistas. Se la asocia acertadamente con la manipulación y el envilecimiento de la cultura del pueblo. En un sentido, es lo contrario a la forma en que he utilizado la palabra antes. No obstante, tengo dos reservas que me impiden prescindir por completo de este significado, por insatisfactorio que sea.
En primer lugar, si es verdad que, en el siglo XX, grandes masas de personas consumen y disfrutan de los productos de nuestra moderna industria cultural, entonces se desprende que entre el público que consume tales productos hay un número considerable de obreros. Ahora bien, si las formas y relaciones de las que depende la participación en esta clase de «cultura» suministrada comercialmente, son puramente manipulatorias y envilecidas, entonces las personas que las consumen y disfrutan están ellas mismas envilecidas por estas actividades o viven en un estado permanente de «falsa conciencia». Deben de ser «tontos culturales» incapaces de ver que lo que les están dando es una forma actualizada del opio del pueblo. Puede que este juicio nos haga sentir correctos, decentes y satisfechos de nosotros mismos por haber denunciado a los agentes de la manipulación y el engaño de las masas, es decir, a las industrias culturales capitalistas: pero no sé si este parecer puede sobrevivir mucho tiempo como explicación suficiente de las relaciones culturales; y aún menos como perspectiva socialista de la cultura y la naturaleza de la clase obrera. En última instancia, el concepto del pueblo como fuerza puramente pasiva es una perspectiva profundamente no socialista.
En segundo lugar, entonces: ¿Podemos resolver este problema sin abandonar la inevitable y necesaria atención al aspecto manipulador de una gran parte de la cultura popular comercial? Hay varias estrategias para hacerlo, adoptadas por los críticos radicales y los teóricos de la cultura popular, estrategias que a mi modo de ver, son sumamente dudosas. Una consiste en contraponer a esta cultura otra cultura «alternativa», la auténtica «cultura popular»; y sugerir que la clase obrera «real» (signifique esto lo que signifique) no se deja engañar por los sucedáneos comerciales. Esta es una alternativa heroica, pero no muy convincente. Básicamente, lo que tiene de malo es que descuida las relaciones absolutamente esenciales del poder cultural-de dominación y subordinación-, que es un rasgo intrínseco de las relaciones culturales. Quiero afirmar que, por el contrario, no hay ninguna «cultura popular» autónoma, auténtica y completa que esté fuera del campo de fuerza de las relaciones de poder cultural y dominación. En segundo lugar, subestima en gran medida el poder de la implantación cultural. Ésta es una observación delicada, pues en el momento mismo de hacerla uno se expone a que le acusen de suscribir la tesis de la incorporación cultural. El estudio de la cultura popular oscila constantemente entre estos dos polos del todo inaceptables: «autonomía» pura o encapsulamiento total.
En realidad, no creo que sea necesario ni correcto suscribir una u otra de estas alternativas. Como quiera que no son culturalmente tontas, las personas corrientes son perfectamente capaces de reconocer la manera en que las realidades de la vida de la clase obrera se reorganizan, reconstruyen y reconfiguran según la forma en que se representen (esto es, re-presenten) en, pongamos por caso, la serie televisiva Coronation Street. Las industrias culturales tienen efectivamente el poder de adaptar y reconfigurar constantemente lo que representan; y, mediante la repetición y la selección, imponer e implantar aquellas definiciones de nosotros mismos que más fácilmente se ajusten a las descripciones de la cultura dominante o preferida. Esto es lo que significa realmente la concentración del poder cultural, el medio de hacer cultura en la cabeza de los pocos. Estas definiciones no tienen la facultad de ocupar nuestra mente; no funcionan en nosotros como si fuéramos pantallas en blanco. Pero sí ocupan y adaptan las contradicciones interiores del sentimiento y la percepción en las clases dominadas; encuentran o despejan un espacio de reconocimiento en aquellas personas que respondan a ellas. La dominación cultural surte efectos reales, aunque éstos no sean omnipotentes ni exhaustivos. Si arguyéramos que estas fuerzas impuestas no tienen influencia alguna, ello equivaldría a decir que la cultura del pueblo puede existir como enclave independiente, fuera de la distribución del poder cultural y las relaciones de fuerza cultural. Yo no creo que sea así. Antes bien, pienso que hay una lucha continua y necesariamente irregular y desigual, por parte de la cultura dominante, cuyo propósito es desorganizar y reorganizar constantemente la cultura popular; encerrar y confinar sus definiciones y formas dentro de una gama más completa de formas dominantes. Hay puntos de resistencia; hay también momentos de inhibición. Ésta es la dialéctica de la lucha cultural. En nuestro tiempo esta lucha se libra continuamente, en las complejas líneas de resistencia y aceptación, rechazo y capitulación, que hacen de la cultura una especie de campo de batalla constante. Un campo de batalla donde no se obtienen victorias definitivas, pero donde siempre hay posiciones estratégicas que se conquistan y se pierden.
Esta primera definición, pues, no es útil para nuestros propósitos; pero podría obligarnos a pensar más profundamente en la complejidad de las relaciones culturales, en la realidad del poder cultural y en la naturaleza de la implantación cultural. Si las formas de cultura popular comercial que nos proporcionan no son puramente manipulatorias, entonces es porque, junto con los atractivos falsos, los escorzos, la trivialización y los cortocircuitos, hay también elementos de reconocimiento e identificación, algo que se aproxima a la re-creación de experiencias y actitudes reconocibles, a las cuales responden las personas. E1 peligro surge porque tendemos a pensar en las formas culturales como completas y coherentes: o bien totalmente corrompidas o totalmente auténticas. Cuando por el contrario, son profundamente contradictorias, se aprovechan de las contradicciones, especialmente cuando funcionan en el dominio de lo «popular». E1 lenguaje del Daily Mirror no es ni puro invento de «neolenguaje» orwelliano por parte de Fleet Street, ni es el lenguaje que hablan realmente sus lectores de la clase obrera. Es una especie complejísima de ventriloquia lingüística en la que el brutalismo envilecido del periodismo popular se combina y enreda hábilmente con algunos elementos de la franqueza y la vívida particularidad del lenguaje de la clase obrera. No puede componérselas sin conservar algún elemento de sus raíces en una lengua vernácula real, en «lo popular». No iría muy lejos a menos que fuese capaz de reconfigurar elementos populares y convertirlos en una especie de populismo demótico enlatado y neutralizado.
Con la segunda definición de «popular» es más fácil vivir. Se trata de la definición descriptiva. La cultura popular son todas aquellas cosas que «el pueblo» hace o ha hecho. Esto se acerca a una definición «antropológica» del término: la cultura, la movilidad, las costumbres y las tradiciones del «pueblo». Lo que define «su estilo distintivo de vivir». Con esta definición también tengo dos dificultades.
La primera es que sospecho de ella precisamente por ser demasiado descriptiva. Y digo esto por no decir algo peor. En realidad, se basa en un inventario en infinita expansión. Virtualmente cualquier cosa que «el pueblo» haya hecho alguna vez tiene cabida en la lista. Criar palomas y coleccionar sellos, sombras chinescas en la pared y poner gnomos de yeso en el jardín. E1 problema estriba en cómo distinguir esta lista infinita, de cualquier manera menos la descriptiva, de lo que no es la cultura popular.
Pero la segunda dificultad es más importante y está relacionada con una observación que hice antes. Sencillamente no podemos recoger en una sola categoría todas las cosas que hace «el pueblo», sin observar que la verdadera distinción analítica no surge de la lista misma-que es una categoría inerte de cosas y actividades-, sino de la oposición clave; el pueblo/no del pueblo. Es decir, el principio estructurador de «lo popular» en este sentido son las tensiones y las oposiciones entre lo que pertenece al dominio central de la cultura de élite o dominante y la cultura de la «periferia». Es esta oposición la que constantemente estructura el dominio de la cultura en la «popular» y la «no popular». Pero no puedes construir estas oposiciones de una manera puramente descriptiva. Porque, de período en período, cambia el contenido de cada categoría. Las formas populares mejoran en valor cultural, ascienden por la escalera cultural, y se encuentran en el lado opuesto. Otras cosas dejan de tener un elevado valor cultural y lo popular se apropia de ellas, que sufren una transformación durante el proceso. El principio estructurador no consiste en el contenido de cada categoría contenido que, insisto, sufre alteraciones de un período a otro. Más bien consiste en las fuerzas y las relaciones que sostienen la distinción, la diferencia: aproximadamente, entre lo que, en un momento dado, cuenta como actividad cultural o forma de élite y lo que no cuenta como tal. Estas categorías permanecen, aunque los inventarios cambien. Lo que es más, se necesita toda una serie de instituciones y procesos institucionales para sostener a cada una de ellas y para señalar continuamente la diferencia entre ellas. La escuela y el sistema de educación constituyen una de tales instituciones, distinguiendo la parte valorada de la cultura, el patrimonio cultural, la historia que debe transmitirse, de la parte «sin valor». El aparato literario y erudito es otra y distingue ciertas clases de conocimiento valorado de otras. Lo importante, pues, no es un mero inventario descriptivo-que puede surtir el efecto negativo de congelar la cultura popular en algún molde descriptivo intemporal-, sino que son las relaciones de poder que constantemente puntúan y dividen el dominio de la cultura en sus categorías preferidas y residuales.
Así que me quedo con una tercera definición de «popular», aunque es bastante insegura. En un período dado, esta definición contempla aquellas formas y actividades cuyas raíces estén en las condiciones sociales y materiales de determinadas clases; que hayan quedado incorporadas a tradiciones y prácticas populares. En este sentido, retiene lo que es valioso en la definición descriptiva. Pero continúa insistiendo en que lo esencial para la definición de la cultura popular son las relaciones que definen a la «cultura popular» en tensión continua (relación, influencia y antagonismo) con la cultura dominante. Es un concepto de la cultura que está polarizado alrededor de esta dialéctica cultural. Trata el dominio de las formas y actividades culturales como un campo que cambia constantemente. Luego examina las relaciones que de modo constante estructuran este campo en formaciones dominantes y subordinadas. Examina el proceso mediante el cual se articulan estas relaciones de dominación y subordinación. Las trata como proceso: el proceso por medio del cual algunas cosas se prefieren activamente con el fin de poder destronar otras. Tiene en su centro las cambiantes y desiguales relaciones de fuerza que definen el campo de la cultura; esto es, la cuestión de la lucha cultural y sus múltiples formas. Su foco principal de atención es la relación entre cultura y cuestiones de hegemonía.
De lo que tenemos que ocuparnos, en esta definición, no es de la cuestión de la «autenticidad» o la integridad orgánica de la cultura popular. De hecho, reconoce que casi todas las formas culturales serán contradictorias en este sentido, compuestas por elementos antagónicos e inestables. El significado de una forma cultural y su lugar o posición en el campo cultural no se inscribe dentro de su forma. Ni su posición es siempre la misma. El símbolo o consigna radical de este año quedará neutralizado dentro de la moda del año próximo; al cabo de otro año, será objeto de una profunda nostalgia cultural. El rebelde que hoy canta canciones tradicionales aparecerá mañana en la portada del suplemento en color de The Observer. El significado de un símbolo cultural lo da en parte el campo social en el que se le incorpore, las prácticas con las que se articule y se le hace resonar. Lo que importa no son los objetos intrínsecos o fijados históricamente de la cultura, sino el estado de juego en las relaciones culturales: hablando francamente y con un exceso de simplificación: lo que cuenta es la lucha de clases en la cultura y por la cultura.
Casi todos los inventarios fijos nos traicionarán. ¿Es la novela una forma «burguesa»? La respuesta sólo puede ser históricamente provisional: ¿cuándo? ¿qué novelas? ¿para quién? ¿en qué condiciones?
Lo que Volosinov, el gran teórico marxista del lenguaje, dijo una vez sobre el signo-el elemento clave de todas las prácticas significantes-puede aplicarse a las formas culturales:
La clase no coincide con la comunidad signo, esto es, con ... la totalidad de los que usan las mismas series de signos para la comunicación ideológica. Así, varias clases diferentes usarán un único y mismo lenguaje. A resultas de ello, acentos de orientación distinta se cruzan en cada signo ideológico. El signo se convierte en ruedo de la lucha de clases ... En general, es gracias a este cruzamiento de acentos que un signo mantiene su vitalidad, su dinamismo y su capacidad para seguir desarrollándose. Un signo que hayamos retirado de la presión de la lucha social -que atraviese, por decirlo así, los límites de la lucha social- inevitablemente pierde fuerza, degenera en una alegoría y se convierte en el objeto no de viva inteligibilidad social, sino de comprensión filosófica ... La clase gobernante se esfuerza por impartir un carácter eterno, supraclasista, al signo ideológico, para extinguir o empujar hacia adentro la lucha entre los juicios de valor social que se libra en su interior, para quitarle el acento. En realidad, cada signo ideológico vivo tiene dos caras, al igual que Jano. Cualquiera de las palabrotas en uso puede transformarse en palabra de elogio, cualquiera de las verdades en uso inevitablemente parecerá la mayor de las mentiras a muchas personas. Esta cualidad interna de dialecticidad que posee el signo sale plenamente al exterior sólo en épocas de crisis social o cambio revolucionario.
La lucha cultural, por supuesto, adopta numerosas formas: incorporación, tergiversación, resistencia, negociación, recuperación. Raymond Williams nos ha prestado un gran servicio al bosquejar algunos de estos procesos, con su distinción entre momentos emergentes, residuales e incorporados. Necesitamos ampliar y desarrollar este esquema rudimentario. Lo importante es examinarlo dinámicamente: como proceso histórico. Las fuerzas emergentes reaparecen bajo disfraces históricos antiguos; las fuerzas emergentes, señalando hacia el futuro, pierden su poder anticipatorio y quedan reducidas a mirar hacia atrás; las rupturas culturales de hoy pueden recuperarse para apoyar el sistema de valores y significados que domine mañana. La lucha continúa: pero casi nunca se libra en el mismo lugar, en torno al mismo significado o valor. A mí me parece que el proceso cultural-el poder cultural-en nuestra sociedad depende, en primera instancia, de este trazar la línea divisoria, siempre, en cada período, en un lugar distinto, entre lo que se debe y lo que no se debe incorporar a «la gran tradición». Las instituciones docentes y culturales, junto con las muchas cosas positivas que llevan a cabo, también ayudan a disciplinar y vigilar esta frontera.
Esto debería hacernos pensar otra vez en ese término espinoso que se emplea en la cultura popular: «tradición». La tradición es un elemento vital de la cultura; pero tiene poco que ver con la mera persistencia de formas antiguas. Tiene mucho más que ver con la forma en que se han vinculado o articulado los elementos unos con otros. Estas combinaciones en una cultura nacional-popular no tienen una posición fija o inscrita y, ciertamente, ningún significado al que arrastre, por decirlo así, la corriente de la tradición histórica, sin sufrir ningún cambio. No sólo puede modificarse la combinación de los elementos de la «tradición», de tal manera que se articulen con prácticas y posiciones diferentes y adquieran un significado y una pertinencia nuevos. También es frecuente que la lucha cultural se manifieste de la forma más aguda justamente en el punto donde se encuentran, se cruzan, tradiciones distintas, opuestas. Tratan de despegar una forma cultural de su implantación en una tradición y de darle una nueva resonancia o acento cultural. Las tradiciones no son fijas para siempre: ciertamente no lo son en ninguna posición universal en relación con una sola clase. Las culturas, concebidas no como «formas de vida» separadas, sino como «formas de lucha» se cruzan constantemente: las luchas culturales pertinentes surgen en los puntos de cruzamiento. Recuérdese cómo en el siglo XVIII cierto lenguaje de legalidad, de constitucionalismo y de «derechos» se transforma en campo de batalla, en el punto de cruzamiento entre dos tradiciones divergentes: entre la «tradición» de «majestad y terror» aristocráticos y las tradiciones de la justicia popular. Gramsci, dando una respuesta tentativa a su propia pregunta sobre cómo surge una nueva «voluntad colectiva» y cómo se transforma una cultura nacional-popular, comentó lo siguiente:
Lo que importa es la critica a que someten semejante complejo ideológico los primeros representantes de la nueva fase histórica. Esta crítica hace posible un proceso de diferenciación y cambio en el peso relativo que poseían los elementos de antiguas ideologías. Lo que antes era secundario y subordinado, incluso incidental, ahora se considera primario, pasa a ser el núcleo de un nuevo complejo ideológico y teórico. La antigua voluntad colectiva se deshace en sus elementos contradictorios dado que los elementos subordinados se desarrollan socialmente.
Esto es el terreno de la cultura nacional-popular y la tradición como campo de batalla.
Esto nos pone sobre aviso contra los enfoques encerrados en sí mismos de la cultura popular, enfoques que, valorando la «tradición» por ella misma, y tratándola de una manera ahistórica, analizan las formas de la cultura popular como si llevaran en su interior desde su momento de origen, algún significado o valor fijo e invariable. La relación entre posición histórica y valor estético es una cuestión importante y difícil en la cultura popular. Pero el intento de crear una estética popular universal, fundamentada en el momento de origen de formas y prácticas culturales, es, casi con seguridad, profundamente equivocada. ¿Qué podría ser más ecléctico y fortuito que esa colección de símbolos muertos y chucherías, extraídos del baúl de los disfraces del pasado, con que muchos jóvenes de ahora han optado por adornarse? Estos símbolos y chucherías son profundamente ambiguos. Con ellos podrían evocarse mil causas culturales perdidas. De vez en cuando, entre las demás chucherías, hallamos ese signo que, más que cualquier otro, debería quedar fijo -solidificado- en su significado y connotación cultural para siempre: la esvástica. Y, pese a ello, ahí cuelga, parcial -pero no totalmente- separada de su profunda referencia cultural en la historia del siglo XX. ¿Qué significa? ¿Qué está significando? Su significación es rica y muy ambigua: ciertamente inestable. Este signo aterrador puede delimitar varios significados, pero no lleva ninguna garantía de un solo significado dentro de sí mismo. Las calles están llenas de chiquillos que no son «fascistas» por el hecho de llevar una esvástica en una cadena. Por otro lado, podrían serlo... Lo que signifique este signo dependerá en última instancia, en la política de la cultura juvenil, menos del simbolismo cultural intrínseco del objeto en sí y más del equilibrio de fuerzas entre, pongamos por caso, el National Front y la Anti-Nazi League, entre White Rock y el Two Tone Sound.
No sólo no hay una garantía intrínseca dentro del signo o forma cultural mismo. Tampoco la hay de que, porque en un tiempo estuvo vinculada a una lucha pertinente, será siempre la expresión viva de una clase: de modo que cada vez que lo saquemos a tomar el aire «hablará el lenguaje del socialismo». Si las expresiones culturales expresan socialismo, es porque se las ha vinculado como las prácticas, las formas y la organización de una lucha viva que ha conseguido apropiarse de esos símbolos y darles una connotación socialista. La cultura ya no lleva grabadas de modo permanente las condiciones de una clase antes de que dé comienzo esa lucha. La lucha consiste en dar o no dar un acento socialista a «lo cultural»
E1 término «popular» tiene unas relaciones muy complejas con el término «clase». Esto lo sabemos, pero a menudo nos esforzamos por olvidarlo. Hablamos de formas particulares de cultura obrera; pero utilizamos el término más inclusivo, «cultura popular», para referirnos al campo general de investigación. Está clarísimo que lo que vengo diciendo tendría poco sentido si no hiciera referencia a una perspectiva de clase y a la lucha de clases. Pero también es claro que no hay una relación de uno a uno entre una clase y determinada forma o práctica cultural. Los términos «clase» y «popular» están profundamente relacionados, pero no son absolutamente intercambiables. La razón de ello es obvia. No hay «culturas» totalmente separadas que, en una relación de fijeza histórica, estén paradigmáticamente unidas a clases «enteras» específicas, aunque hay formaciones clasistas-culturales claramente definidas y variables. Las culturas de clase tienden a cruzarse y coincidir en el mismo campo de lucha. E1 término «popular» indica esta relación un tanto desplazada entre la cultura y las clases. Más exactamente, alude a esa alianza de clases y fuerzas que constituyen las «clases populares». La cultura de los oprimidos, las clases excluidas: este es el campo a que nos remite el término «popular». Y el lado opuesto a éste -el lado que dispone del poder cultural para decidir lo que corresponde y lo que no corresponde-es, por definición, no otra clase «entera», sino esa otra alianza de clases, estratos y fuerzas sociales que constituye lo que no es «el pueblo» y tampoco las «clases populares»: la cultura del bloque de poder.
E1 pueblo contra el bloque de poder: ésta, en vez de la «clase contra clase», es la línea central de contradicción alrededor de la cual se polariza el terreno de la cultura. La cultura popular, especialmente, está organizada en torno a la contradicción: las fuerzas populares contra el bloqueo de poder. Esto da al terreno de la lucha cultural su propio tipo de especificidad. Pero el término «popular», y aún más, el tema colectivo al que debe referirse -«el pueblo»-es sumamente problemático. Lo hace problemático, pongamos por caso, la habilidad de la señora Thatcher para pronunciar una frase como «Tenemos que limitar el poder de los sindicatos porque eso es lo que quiere el pueblo». Eso me hace pensar que, del mismo modo que no hay ningún contenido fijo en la categoría de «cultura popular», tampoco hay un sujeto fijo que adjuntarle, es decir, que adjuntar al «pueblos». «El pueblo» no está siempre ahí al fondo, donde siempre ha estado, con su cultura, sus libertades e instintos intactos, luchando todavía contra el yugo normando o lo que sea: como si, suponiendo que pudiéramos «descubrirlo» y hacerle salir otra vez al escenario, siempre fuera a dejarse ver en el lugar correcto, señalado. La capacidad para constituir clases e individuos como fuerza popular: esa es la naturaleza de la lucha política y cultural: convertir las clases divididas y los pueblos separados -divididas y separados por la cultura en igual medida que por otros factores- en una fuerza cultural popular-democrática.
Podemos tener la seguridad de que también a otras fuerzas les interesa definir «el pueblo» como otra cosa: «el pueblo» que necesita que se le discipline más, se le gobierne mejor, se le vigile más efectivamente, cuya forma de vida necesita que la protejan de «culturas extranjeras» y así sucesivamente. Dentro de cada uno de nosotros hay una parte de las dos alternativas citadas. A veces se nos puede constituir como una fuerza contraria al bloque de poder: esa es la oportunidad histórica que hace posible construir una cultura genuinamente popular. Pero, en nuestra sociedad, si no se nos constituye así, se nos constituirá en lo contrario: una efectiva fuerza populista que diga «sí» al poder. La cultura popular es uno de los escenarios de esta lucha a favor y en contra de una cultura de los poderosos: es también lo que puede ganarse o perderse en esa lucha. Es el ruedo del consentimiento y la resistencia. Es en parte el sitio donde la hegemonía surge y se afianza. No es una esfera donde el socialismo, una cultura socialista-ya del todo formada-pudiera ser sencillamente «expresada». Pero es uno de los lugares donde podría constituirse el socialismo. Por esto tiene importancia la «cultura popular». De otra manera, si he de decirles la verdad, la cultura popular me importa un pito.
Nombre Falso 2003-

Orientalismo. Introducción (Edward Said)

I
En una visita que hizo a Beirut durante la terrible guerra civil de 1975-1976, un periodista francés, profundamente entristecido, escribió refiriéndose al devastado centro de la ciudad: "Hubo una época en la que parecía formar parte ( ... ) del Oriente descrito por Chateaubriand y Nerval"1. Sin duda, tenía mucha razón en lo que respecta al lugar, especialmente desde el punto de vista de un europeo. Oriente era casi una invención europea y, desde la antigüedad, había sido escenario de romances, seres exóticos, recuerdos y paisajes inolvidables y experiencias extraordinarias. Ahora estaba desapareciendo, en cierto sentido había existido, pero su momento ya había pasado. Parecía irrelevante, tal vez, el hecho de que los propios orientales se estuvieran jugando algo en el proceso, de que incluso en los tiempos de Chateaubriand y Nerval hubieran vivido allí y de que en esos momentos fueran ellos los que sufrían; lo principal para el visitante europeo era la representación que Europa tenía de Oriente y de su destino inmediato, factores ambos que tenían una trascendencia particular y nacional, para el periodista y para sus lectores franceses.
Los americanos no sienten exactamente lo mismo acerca de Oriente, al que tienden a asociar, más bien, con el Extremo Oriente (China y Japón, sobre todo). Al contrario que los americanos, los franceses y británicos –y en menor medida los alemanes, rusos, españoles, portugueses, italianos y suizos- han tenido una larga tradición en lo que llamaré orientalismo, que es un modo de relacionarse con Oriente basado en el lugar especial que éste ocupa en la experiencia de Europa occidental. Oriente no es sólo el vecino inmediato de Europa, es también la región en la que Europa ha creado sus colonias más grandes, ricas y antiguas, es la fuente de sus civilizaciones y sus lenguas, su contrincante cultural y una de sus imágenes más profundas y repetidas de Lo Otro. Además, Oriente ha servido para que Europa (u Occidente) se defina en contraposición a su imagen, su idea, su personalidad y su experiencia. Sin embargo, nada de este Oriente es puramente imaginario. Oriente es una parte integrante de la civilización y de la cultura material europea. El orientalismo expresa y representa, desde un punto de vista cultural e incluso ideológico, esa parte como un modo de discurso que se apoya en unas instituciones, un vocabulario, unas enseñanzas, unas imágenes, unas doctrinas e incluso unas burocracias y estilos coloniales. En contraposición, el conocimiento que América tiene de Oriente parece considerablemente menos denso; sin embargo, nuestras aventuras japonesa, coreana e indochina probablemente estén creando ahora una concienciación de lo "oriental" más seria y realista. Por otra parte, la creciente expansión política y económica de Estados Unidos en Oriente Próximo (Oriente Medio) ha influido decisivamente en nuestro conocimiento de esta región.
Es evidente (y a lo largo de las páginas siguientes lo será aún más) que cuando hablo de orientalismo me refiero a bastantes cosas, todas ellas, en mi opinión, dependientes entre sí. En general, la acepción de orientalismo más admitida es la académica, y esta etiqueta sirve para designar un gran número de instituciones de este tipo. Alguien que enseñe, escriba o investigue sobre Oriente –y esto es válido para un antropólogo, un sociólogo, un historiador o un filólogo- tanto en sus aspectos específicos como generales, es un orientalista, y lo que él –o ella- hace, orientalismo. Si lo comparamos con los términos estudios orientales o estudios de áreas culturales (area studies), el de Orientalismo es el que actualmente menos prefieren los especialistas, porque resulta demasiado vago y recuerda la actitud autoritaria y despótica del colonialismo del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, se han escrito muchos libros y se han celebrado muchos congresos con "Oriente" como tema central y con el orientalismo, con su nueva o vieja apariencia, como principal autoridad. La realidad es que, aunque ya no sea lo que en otro tiempo fue, el orientalismo sigue presente en el mundo académico a través de sus doctrinas y tesis sobre Oriente y lo oriental.
En cuanto a esta tradición académica, cuyos destinos, transmigraciones, especializaciones y transmisiones que son, en parte, el objeto de este estudio, existe un significado más general del término Orientalismo. Es un estilo de pensamiento que se basa en la distinción ontológica y epistemológica que se establece entre Oriente y –la mayor parte de las veces- Occidente. Así pues, una gran cantidad de escritores –entre ellos, poetas, novelistas, filósofos, políticos, economistas y administradores del Imperio- han aceptado esta diferencia básica entre Oriente y Occidente como punto de
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partida para elaborar teorías, epopeyas, novelas, descripciones sociales e informes políticos relacionados con Oriente, sus gentes, sus costumbres, su "mentalidad", su destino, etc. Este tipo de orientalismo se puede encontrar en Esquilo, Víctor Hugo, Dante y Carlos Marx. Más adelante, en esta introducción, trataré de los problemas metodológicos que se plantean al estudiar un tema tan vasto como éste.
Siempre se ha producido un intercambio entre el académico y el más o menos imaginativo del orientalismo, pero desde los últimos años del siglo XVIII Ia comunicación entre los dos ha sido considerable y bastante disciplinada –quizá incluso regulada-. Con esto, llego al tercer –significado de orientalismo, que se define de una manera más histórica y material que los otros dos. Si tomamos como punto de partida aproximado el final del siglo XVIII, el orientalismo se puede describir y analizar como una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él; en resumen, el orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente. Para definir el orientalismo me parece útil emplear la noción de discurso que Michel Foucault describe en La arqueología del saber y en Vigilar y castigar. Creo que si no se examina el orientalismo como un discurso, posiblemente no se comprenda esta disciplina tan sistemática a través de la cual la cultura europea ha sido capaz de manipular –e incluso dirigir- Oriente desde un punto de vista político, sociológico, militar, ideológico, científico e imaginario a partir del periodo posterior a la Ilustración. Por otro lado, el orientalismo mantiene una posición de autoridad tal, que no creo que nadie que escriba, piense o haga algo relacionado con Oriente sea capaz de hacerlo sin darse cuenta de las limitaciones de pensamiento y acción que el orientalismo impone. En pocas palabras, que por causa del orientalismo, Oriente no fue (y no es) un tema sobre el que se tenga libertad de pensamiento o acción. Esto no significa que el orientalismo tenga que determinar unilateralmente lo que se puede decir sobre Oriente, pero sí que constituye una completa red de intereses que inevitablemente se aplica (y, por tanto, siempre está implicada) en cualquier ocasión en que esa particular entidad que es Oriente se plantea. ¿Cómo ocurre este proceso? Eso es lo que este libro intenta exponer. También pretende demostrar cómo la cultura europea adquirió fuerza e identidad al ensalzarse a sí misma en detrimento de Oriente, al que consideraba una forma inferior y rechazable de sí misma.
Hay una diferencia cualitativa y cuantitativa, tanto desde un punto de vista histórico como cultural, entre la participación franco-británica en Oriente y, hasta la
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ascensión americana después de la Segunda Guerra Mundial, la participación de otras potencias europeas y atlánticas. Hablar de orientalismo, pues, es hablar principalmente, aunque no exclusivamente, de una empresa cultural británica y francesa, un proyecto cuyas dimensiones abarcan campos tan dispares como los de la propia imaginación: el territorio total de la India y de los países del Mediterráneo oriental, las tierras y textos bíblicos, el comercio de las especias, los ejércitos coloniales y una larga tradición de administradores coloniales, un impresionante conjunto de textos, innumerables "expertos" en, todo lo referido a Oriente, un cuerpo de profesores orientalistas, un complejo aparato de ideas "orientales" (despotismo, esplendor, crueldad, sensualidad orientales), muchas sectas orientales, filosofías y sabidurías orientales adaptadas al uso local europeo... la lista podría extenderse más o menos indefinidamente. Mi punto de vista es que el orientalismo proviene de una relación muy particular que mantuvieron Francia y Gran Bretaña con Oriente que hasta principios del siglo XIX sólo se había limitado a la India y a las tierras bíblicas. Desde el comienzo del siglo xix, y hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, Francia y Gran Bretaña dominaron Oriente y el orientalismo; desde la Segunda Guerra Mundial, América ha dominado Oriente y se relaciona con él del mismo modo en que Francia y Gran Bretaña lo hicieron en otra época. De esta relación, cuya dinámica es muy productiva, incluso aunque siempre se demuestre la fuerza comparativamente mayor de Occidente (Gran Bretaña, Francia o América), proviene el enorme volumen de textos que yo denomino orientalistas.
Debo decir que además del importante número de libros y autores que examino, existe una cantidad mucho mayor de la que simplemente he tenido que prescindir. Mis tesis, sin embargo, no se apoyan en un catálogo exhaustivo de textos que tratan de Oriente, ni en la colección de escritos, autores e ideas claramente delimitados que forman en conjunto el canon del orientalismo; en su lugar he basado mi estudio, en una alternativa metodológica diferente cuya columna vertebral, en cierto sentido, es el conjunto de generalizaciones históricas que he presentado en esta introducción, y que a continuación quiero analizar con más detalle.
II
He comenzado asumiendo que Oriente no es una realidad inerte de la naturaleza. No está simplemente allí, lo mismo que el propio Occidente tampoco está precisamente allí. Tenemos que admitir seriamente la gran observación de Vico acerca de que los hombres hacen su propia historia, de que lo que ellos pueden conocer es
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aquello que han hecho, y debemos extenderla al ámbito de la geografía: esos lugares, regiones y sectores geográficos que constituyen Oriente y Occidente, en tanto que entidades geográficas y culturales –por no decir nada de las entidades históricas-, son creación del hombre. Por consiguiente, en la misma medida en que lo es el propio Occidente, Oriente es una idea que tiene una historia, una tradición de pensamiento, unas imágenes y un vocabulario que le han dado una realidad y una presencia en y para Occidente. Las dos entidades geográficas, pues, se apoyan, y hasta cierto punto se reflejan la una en la otra.
Después de haber dicho esto, parece razonable exponer algunas puntualizaciones. En primer lugar, sería un error concluir que Oriente fue esencialmente una idea o una creación sin su realidad correspondiente. Cuando Disraeli dijo en su novela Tancred que Oriente era una carrera, quería decir que para los occidentales jóvenes e inteligentes estudiar Oriente, podía llegar a ser una actividad apasionante; no se debería interpretar lo que dijo como que Oriente era sólo una carrera para los occidentales. Había –y hay- culturas y naciones, localizadas en Oriente, cuyas vidas, historias y costumbres poseen una realidad obviamente más rica que cualquier cosa que se pueda decir de ellas en Occidente. Sobre este punto, este estudio de orientalismo no tiene nada que añadir, simplemente desea contribuir con su reconocimiento tácito. Pero el fenómeno del orientalismo, tal y como yo lo estudio aquí, trata principalmente, no de la correspondencia entre el orientalismo y Oriente, sino de la coherencia interna del orientalismo y sus ideas sobre Oriente (Oriente como una carrera), a pesar de o más allá de cualquier correspondencia o no con un Oriente "real". Creo que la afirmación de Disraeli sobre Oriente se refiere básicamente a esta coherencia creada, a esta verdadera constelación de ideas que es la cuestión esencial siempre que nos ocupamos de Oriente, y no a su mera y pura existencia, por citar a Wallace Stevens.
La segunda puntualización se refiere a que las ideas, las culturas y las historias no se pueden entender ni estudiar seriamente sin estudiar al mismo tiempo su fuerza o, para ser más precisos, sus configuraciones de poder. Creer que Oriente fue creado –o, como yo digo, "orientalizado"- y creer que tales cosas suceden simplemente como una necesidad de la imaginación, es faltar a la verdad. La relación entre Occidente y Oriente es una relación de poder, y de complicada dominación: Occidente ha ejercido diferentes grados de hegemonía sobre Oriente, como señala bastante bien el título del
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clásico de K.M. Panikkar, Asia and Western Dominance.2 Oriente fue orientalizado, no sólo porque se descubrió que era "oriental’’, según los estereotipos de un europeo medio del siglo XIX, sino también porque se podía conseguir que lo fuera –es decir, se le podía obligar a serlo-. Tomemos, por ejemplo, el encuentro de Flaubert con una cortesana egipcia, encuentro que debió de crear un modelo muy influyente sobre la mujer oriental; ella nunca hablaba de sí misma, nunca mostraba sus emociones, su condición presente o pasada. Él hablaba por ella y la representaba. Él era extranjero, relativamente rico y hombre, y ésos eran unos factores históricos de dominación que le permitían, no sólo poseer a Kuchuk Hanem físicamente, sino hablar por ella y decir a sus lectores en qué sentido ella era típicamente oriental. Mi tesis es que la situación de fuerza de Flaubert en relación a Kuchuk Hanem no era un ejemplo aislado, y puede servir bastante bien como modelo de la relación de fuerzas entre Oriente y Occidente y del discurso acerca de Oriente que este modelo permite.
Esto nos lleva a una tercera puntualización. No hay que creer que el orientalismo es una estructura de mentiras o de mitos que se desvanecería si dijéramos la verdad sobre ella. Yo mismo creo que el orientalismo es mucho más valioso como signo del poder europeo-atlántico sobre Oriente que como discurso verídico sobre Oriente (que es lo que en su forma académica o erudita pretende ser). Sin embargo, lo que tenemos que respetar e intentar comprender es la solidez del entramado del discurso orientalista, sus estrechos lazos con las instituciones socioeconómicas y políticas existentes y su extraordinaria durabilidad. Después de todo, un sistema de ideas capaz de mantenerse intacto, y que se ha enseñado como una ciencia (en academias, libros, congresos, universidades y organismos de asuntos exteriores) desde el periodo de Ernest Renan hacia finales de 1848 hasta el presente en Estados Unidos, debe ser algo más grandioso que una mera colección de mentiras. El orientalismo, pues, no es una fantasía que creó Europa acerca de Oriente, si no un cuerpo compuesto de teoría y práctica en el que, durante muchas generaciones, se ha realizado una inversión considerable. Debido a esta continua inversión, el orientalismo ha llegado a ser un sistema para conocer Oriente, un filtro aceptado que Oriente atraviesa para penetrar en la conciencia occidental; igualmente, esa misma inversión hizo posibles –de hecho, las hizo realmente productivas- las declaraciones que en un principio se formularon dentro de la disciplina orientalista y que más tarde proliferaron en el interior de la cultura general.
2 K.M. Panikkar, Asia and Western Dominance, Londres, George Allen & Unwin, 1959.
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Gramsci ha efectuado una útil distinción analítica entre sociedad civil y sociedad política según la cual la primera está formada por afiliaciones voluntarias (o, al menos, racionales y no coercitivas), como son las escuelas, las familias y los sindicatos, y la segunda, por instituciones estatales (el ejército, la policía y la burocracia central) cuya función dentro del Estado es la dominación directa. La cultura, por supuesto, funciona en el marco de la sociedad civil, donde la influencia de las ideas, las instituciones y las personas se ejerce, no a través de la dominación, sino a través de lo que Gramsci llama consenso. Así, en cualquier sociedad no totalitaria ciertas formas culturales predominan sobre otras y determinadas ideas son más influyentes que otras; la forma que adopta esta supremacía cultural es lo que Gramsci llama hegemonía, un concepto indispensable para comprender, de un modo u otro, la vida cultural en el Occidente industrial. Es la hegemonía –o, mejor, los efectos de la hegemonía cultural- lo que da al orientalismo la durabilidad y la fuerza de la que he estado hablando hasta ahora. El orientalismo no dista mucho de lo que Denys Hay ha llamado la idea de Europea,3 una noción colectiva que nos define a "nosotros" europeos, contra todos "aquellos" no europeos, y se puede decir que el componente principal de la cultura europea es precisamente aquél que contribuye a que esta cultura sea hegemónica tanto dentro como fuera de Europa: la idea de una identidad europea superior a todos los pueblos y culturas no europeos. Existe, además, la hegemonía de las ideas europeas sobre Oriente que reiteran la superioridad europea sobre un Oriente retrasado y normalmente anulan la posibilidad de que un pensador más independiente o más o menos escéptico pueda tener diferentes puntos de vista en la materia.
De una manera bastante constante, la estrategia del orientalismo ha dependido de esa superioridad de posición flexible que sitúa a Occidente ante una completa serie de posibles relaciones con Oriente sin que Occidente pierda nunca la ventaja. ¿Y por qué tenía que haber sido de otra manera, sobre todo durante el periodo de máxima supremacía europea, desde finales del Renacimiento hasta nuestros días? El científico, el erudito, el misionero, el comerciante o el soldado estaban o pensaban en Oriente porque podían estar allí o pensar en él sin que Oriente les ofreciera apenas resistencia. Bajo el lema general de conocer Oriente y dentro de los límites que el paraguas de la hegemonía occidental imponía, a partir de finales del siglo XVIII emergió un Oriente complejo, adaptado a los estudios académicos, a las exposiciones en los museos, a las reconstrucciones en la oficina colonial, a la ilustración teórica de
3 Denys Hay, Europe: The Emergence of an Idea, segunda edición, Edinburgo, Edinburgh University Press, 1968.
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tesis antropológicas, biológicas, lingüísticas, raciales e históricas sobre el género humano y el universo, y a ejemplificar teorías económicas y sociológicas de desarrollo, de revolución, de personalidad cultural y de carácter nacional o religioso. Además, el examen imaginario de las realidades de Oriente se basaba, más o menos exclusivamente, en una conciencia occidental soberana. A partir de la posición central e indiscutida de esta conciencia surgió un mundo oriental, primero de acuerdo a las ideas generales sobre quién o qué era un oriental, y después, de acuerdo a una lógica detallada y gobernada, no sólo por una realidad empírica, sino también por una serie de deseos, represiones, inversiones y proyecciones. Si bien podemos encontrar grandes trabajos orientalistas de auténtica erudición, como son Chrestomathie Arabe, de Silvestre de Sacy, o Account of the Manners and Customs of the Modern Egyptians, de Edward William Lane, también tenemos que señalar que las ideas sobre las razas de Renan y Gobineau surgieron del mismo movimiento, al igual que muchas novelas pornográficas victorianas (ver el análisis de Steven Marcus, "The Lustful Turk"4).
En este punto, debemos preguntamos si lo que importa en materia de orientalismo es un conjunto de ideas generales al que se supedita el resto del material (ideas que, no se puede negar, transmitían doctrinas sobre la superioridad europea, modelos racistas e imperialistas y puntos de vista dogmáticos sobre "lo oriental" como si fuera una abstracción ideal e inmutable), o el trabajo mucho más variado realizado por un número casi incontable de autores a los que podríamos elegir como ejemplos concretos de escritores que se han ocupado de Oriente. En cierto sentido, las dos alternativas, la general y la particular, constituyen realmente dos perspectivas del mismo material: en ambos casos habría que ocuparse de los pioneros en la especialidad, como por ejemplo William Jones, y de los grandes artistas, como Nerval o Flaubert. ¿Y por qué no sería posible emplear las dos perspectivas a la vez, o una después de la otra? ¿No habrá algún peligro evidente de distorsión (que precisamente es a lo que los orientalistas académicos han sido muy propensos) si el nivel de descripción que sistemáticamente se mantenga, es demasiado general o demasiado específico?
Mis dos temores son la distorsión y la inexactitud, o, mejor dicho, el tipo de inexactitud producido por una generalización demasiado dogmática y por una concentración demasiado positivista. Al intentar ocuparme de estos problemas, he procurado tratar tres aspectos de mi propia realidad contemporánea que me parece
4 Steven Marcus, The Other Victorians: A Study of Sexuality and Pornography in Mid-Nineteenth Century England, 1966; reimpresión, Nueva York, Bantam Books, 1967, pp. 200-219.
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ofrecen la solución a estas dificultades metodológicas y de perspectiva; dificultades que pueden obligar, en el primer caso, a escribir un texto polémico basado en un nivel de descripción tan inaceptablemente general que el esfuerzo no merezca la pena; o, en el segundo caso, a escribir una serie de análisis tan detallados y atomizados que se pierda el rastro de las líneas generales que constituyen la base de la especialidad y le confieren su particular coherencia. ¿Cómo, entonces, admitir la individualidad y reconciliarla con su contexto intelectual, general y hegemónico, sin que, de ningún modo, éste sea un contexto pasivo o meramente dictatorial?
III
A continuación voy a exponer y explicar brevemente los tres aspectos de mi realidad contemporánea a los que me he referido antes, para que se pueda comprender cómo me han conducido por un camino determinado a lo largo de la investigación y de la redacción de este estudio.
1. La distinción entre conocimiento puro y conocimiento político. Es muy fácil sostener que los conocimientos sobre Shakespeare o Wordsworth no son temas de interés político, mientras que los conocimientos sobre la China o la URSS contemporáneas sí lo son. Desde un punto de vista formal y profesional a mi se me denomina "humanista", título que indica que las humanidades son mi especialidad y que, por tanto, seda improbable encontrar algún tema de interés político en el trabajo que realizo dentro de esta especialidad. Por supuesto, todas estas etiquetas y términos, según los estoy utilizando, deberían matizarse, pero creo que la veracidad general de lo que estoy señalando es de sobra válida. Una de las razones que se esgrimen para decir que un humanista que escribe sobre Wordsworth o un autor especializado en Keats realizan un trabajo que no tiene implicaciones políticas es que su labor parece no tener ningún efecto político directo en la realidad de todos los días. Un especialista en economía soviética trabaja en un área de estudios muy espinosa y en la que están implicados muchos intereses gubernamentales; los estudios o propuestas que pueda presentar en el proceso de investigación serán tenidos en cuenta por los políticos, los organismos gubernamentales, los economistas de las diferentes instituciones y los expertos de los departamentos de inteligencia. La diferencia entre los "humanistas" y las personas cuyo trabajo tiene una implicación o una trascendencia política se puede ampliar diciendo que las tendencias ideológicas del primero tienen una importancia incidental en la política (aunque quizá tengan gran importancia para sus colegas, que pueden acusarle de estalinista, fascista o liberal),
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mientras que la ideología del segundo es parte consustancial de su material –de hecho, la economía, la política y la sociología, en el mundo académico moderno, se consideran ciencias ideológicas- y, por tanto, se da por supuesto que es "política".
Con todo, la gran parte de los conocimientos que se producen actualmente en Occidente (y ahora me refiero sobre todo a Estados Unidos) está sometida a una limitación determinante: la idea de que todo conocimiento está constituido por creencias no políticas; esto es, por creencias eruditas, académicas, imparciales y suprapartidistas. Se puede aceptar esta pretensión desde un punto de vista teórico, pero en la práctica, la realidad es mucho más problemática. Nadie ha inventado un método que sirva para aislar al erudito de las circunstancias de su vida, de sus compromisos (conscientes o inconscientes) con una clase, con un conjunto de creencias, con una posición social o con su mera condición de miembro de una sociedad. Todo esto influye en su trabajo profesional, aunque, naturalmente, sus investigaciones y sus consiguientes frutos intenten alcanzar un grado de relativa libertad con respecto a las restricciones y limitaciones que la cruda realidad de todos los días impone. En efecto, el conocimiento es algo menos parcial que el individuo que lo produce (con sus circunstancias vitales que le enredan y confunden); por tanto, este conocimiento no puede ser no político.
Si las discusiones sobre literatura o filología clásica están impregnadas de significación política o, por el contrario, no se dejan influir por ella es un complicado asunto del que he tratado en otra obras5. Ahora me interesa señalar que el consenso general y liberal que sostiene que el conocimiento "verdadero" es fundamentalmente no político (y que, a la inversa, el conocimiento abiertamente político no es verdadero), no hace más que ocultar las condiciones políticas oscuras y muy bien organizadas que rigen la producción de cualquier conocimiento. Como hoy día se utiliza el adjetivo "político" para desacreditar cualquier trabajo que se atreva a violar el protocolo de una pretendida objetividad suprapolítica, todo esto nos resulta difícil de entender. Podemos decir que la sociedad civil admite una gradación en la importancia política de los diversos campos del conocimiento. Hasta cierto punto esta importancia política de aquella materia proviene de que pueda traducirse directamente a términos económicos, y la importancia política será aún mayor, si ese campo de estudio tiene afinidad con ciertas fuentes reconocidas de poder en la sociedad política. Como ejemplo, pongamos que un estudio económico sobre la energía potencial soviética a
5 Ver mi libro Criticism Between Culture and System, Cambridge, Mass., Harvard University Press.
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largo plazo y su efecto en la capacidad militar probablemente será subvencionado por el Departamento de Defensa de Estados Unidos y, en consecuencia, adquirirá una categoría política que un estudio sobre las primeras obras narrativas de Tolstoi financiado, en parte, por una fundación privada no podría conseguir nunca. Sin embargo, los dos trabajos pertenecen a lo que la sociedad civil reconoce como un campo similar: los estudios rusos, aunque uno pueda estar realizado por un economista muy conservador y el otro, por un historiador radical de la literatura. Lo que quiero decir es que "Rusia", como tema general, tiene prioridad política sobre las diferencias más o menos precisas que se puedan establecer entre la "economía" y la "historia literaria", porque la sociedad política, en el sentido en que Gramsci utiliza el término, penetra dentro de los dominios de la sociedad civil, en este caso representada por el mundo académico, y los satura de significaciones que le conciernen directamente a ella.
No quiero extenderme más en el aspecto teórico de este problema; me parece que el valor y la credibilidad de mi propuesta se pueden demostrar de una manera más concreta: siguiendo, por ejemplo, el camino de Noam Chomsky, quien ha estudiado la conexión instrumental que existió entre la Guerra del Vietnam y el concepto de erudición objetiva que se utilizó para encubrir algunas investigaciones militares subvencionadas por el Estado6. Ahora bien, como Gran Bretaña, Francia y, recientemente, Estados Unidos son potencias imperiales, siempre que algún asunto relacionado con sus intereses imperiales en el extranjero está en juego, sus sociedades políticas transmiten a sus sociedades civiles una sensación de urgencia y una fuerte dosis de política, por expresarlo de algún modo. Creo que se puede decir, por ejemplo, que un inglés que a finales del siglo XIX se interesaba por países como la India o Egipto, lo hacía sin olvidar nunca el hecho de que eran colonias británicas. Puede parecer, a simple vista, que decir esto no tiene nada que ver con decir que todo el conocimiento académico sobre la India y Egipto está, de alguna manera, matizado, impresionado y violado por la densa realidad política; no obstante, esto es lo que estoy tratando de decir en este estudio de orientalismo. Porque si es cierto que ninguna obra humanística puede permanecer ajena a las implicaciones que su autor tiene en tanto que sujeto humano, determinado por sus propias circunstancias, debe ser cierto también que ningún europeo o americano que estudie Oriente puede renunciar a las circunstancias principales de su realidad: que él se enfrenta a Oriente, primero como europeo o americano y después como individuo. Y ser europeo o americano en esta
6 Principalmente en su American Power and the New Mandarins: Historical and Political Essays, Nueva York, Pantheon Books, 1969, y For Reasons of State, Nueva York, Pantheon Books, 1973.
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situación, sin duda, no es una realidad intrascendente; ha significado y significa ser consciente, aunque sea vagamente, de pertenecer a una potencia con unos intereses muy definidos en Oriente, y, más importante aún, de pertenecer a una parte de la Tierra que ha mantenido una serie de relaciones históricas con Oriente desde prácticamente los tiempos de Homero.
Estas realidades políticas expuestas de este modo son todavía demasiado indefinidas y generales como para resultar realmente interesantes. Cualquiera estaría de acuerdo con ellas, sin aceptar por ello necesariamente que le importaran mucho a Flaubert, por ejemplo, cuando escribió Salambo, o a H.A.R. Gibb cuando escribió Modern Trends in Islam. El problema reside en que existe una diferencia demasiado grande entre la gran realidad dominante, como la he descrito yo, y los detalles de la vida cotidiana que dirigen el minucioso ejercicio de escribir una novela o un texto especializado. Pero si, de entrada, descartamos la idea de que esas "grandes" realidades, como es la dominación imperial, puedan aplicarse de una manera mecánica y determinista a asuntos tan complejos como la cultura y las ideas, estaremos a punto de iniciar un estudio muy interesante. Pienso que el interés que Europa y América han mostrado hacia Oriente ha sido, sin duda, de orden político, como lo demuestran ciertos hechos históricos que ya he expuesto aquí; pero también considero que la cultura creó ese interés, que contribuyó vigorosamente, junto con razones puramente políticas, económicas y militares, a convertir Oriente en un lugar variado y complicado dentro del campo que yo denomino orientalismo.
Por tanto, el orientalismo no es una simple disciplina o tema político que se refleja pasivamente en la cultura, en la erudición o en las instituciones, ni una larga y difusa colección de textos que tratan de Oriente; tampoco es la representación o manifestación de alguna vil conspiración "occidental" e imperialista, que pretende oprimir al mundo "oriental". Por el contrario, es la distribución de una cierta conciencia geopolítica en unos textos estéticos, eruditos, económicos, sociológicos, históricos y filológicos; es la elaboración de una distinción geográfica básica (el mundo está formado por dos mitades diferentes, Oriente y Occidente) y también, de una serie completa de "intereses" que, no sólo crea el propio orientalismo, sino que también mantiene a través de sus descubrimientos eruditos, sus reconstrucciones filológicas, sus análisis psicológicos y sus descripciones geográficas y sociológicas; es una cierta voluntad o intención de comprender –y en algunos casos, de controlar, manipular e incluso incorporar- lo que manifiestamente es un mundo diferente (alternativo o nuevo); es, sobre todo, un discurso que de ningún modo se puede hacer corresponder
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directamente con el poder político, pero que se produce y existe en virtud de un intercambio desigual con varios tipos de poder: se conforma a través de un intercambio con el poder político (como el Estado colonial o imperial), con el poder intelectual (como las ciencias predominantes: la lingüística, comparada o la anatomía o cualquiera de las ciencias de la política moderna), con el poder cultural (como las ortodoxias y los cánones que rigen los gustos, los valores y los textos), con el poder moral (como las ideas sobre lo que "nosotros" hacemos y "ellos" no pueden hacer o comprender del mismo modo que "nosotros"). De hecho, mi tesis consiste en que el orientalismo es –y no sólo representa- una dimensión considerable de la cultura política e intelectual moderna, y, como tal, tiene menos que ver con Oriente que con "nuestro" mundo.
El orientalismo es una realidad cultural y política, lo que significa que no existe en un espacio vacío carente de archivos; muy al contrario, pienso que es posible demostrar que lo que se piensa, se dice o incluso se hace en relación a Oriente sigue unas líneas muy determinadas que se pueden aprehender intelectualmente. Creo también que al estudiar la manera en que la superestructura ejerce presiones sobre los detalles de la composición, se pueden encontrar ciertos matices; estas matizaciones constituyen las realidades de la intertextualidad. La mayoría de los eruditos humanistas, creo, están perfectamente de acuerdo con la idea de que los textos existen dentro de los contextos, de que existe un concepto que es la intertextualidad y de que la presión ejercida por las convenciones, las generaciones precedentes y los estilos retóricos limitan lo que Walter Benjamin llamó una vez la "sobrevaloración del individuo productivo en nombre del (...) principio de ‘creatividad’", principio según el cual se supone que el poeta ha creado su obra por sí mismo, a partir de su propia inspiración7. Sin embargo, actualmente existe una especial aversión a reconocer que las fuerzas políticas, institucionales e ideológicas actúan también en el autor, como individuo. Cualquier humanista que haga una interpretación de Balzac, tendrá en consideración la influencia que se aprecia en la Comedie humaine del conflicto entre Geoffroy Saint-Hilaire y Cuvier; pero, sin embargo, no concederá importancia a la influencia de las teorías monárquicas y reaccionarias que hay en la obra por que considerará que disminuyen su "genio" literario. Del mismo modo –como Harry Bracken ha demostrado incansablemente-, los filósofos suelen discutir sobre Locke, Hume y el empirismo sin tener nunca en cuenta que hay una conexión explícita
7 Walter Benjamin, Charles Baudelaire: A Lyric Poet in the Era of High Capitalism, traducción al inglés de Harry Zohn, Londres, New Left Books, 1973, p. 71 (original: Charles Baudelaire. Ein Lyriker im Zeitalter des Hochkapitalismus, Francfort-sur-le-Main, Suhrkamp, 1969, p. 76.
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. Estos son los procedimientos más comunes que permiten a la erudición contemporánea conservar su pureza. entre las doctrinas filosóficas de estos autores clásicos y la teoría racial, la justificación de la esclavitud o los argumentos en favor de la explotación colonial8
Quizá sea cierto que casi siempre que la cultura ha intentado meter las narices en el fango de la política, los resultados han sido enormemente iconoclastas; quizá también, la interpretación social de la literatura en mi propio campo de estudio no ha ido paralela a los enormes avances técnicos del análisis textual detallado. Pero no se puede eludir el hecho de que los estudios literarios, en general, y los teóricos marxistas americanos, en particular, no han realizado grandes esfuerzos por salvar el abismo existente entre los niveles de la superestructura y de la base en la erudición histórica textual; en alguna otra ocasión he llegado a decir que el estamento literario y cultural en su conjunto se ha dejado en el tintero el estudio serio del imperialismo y la cultura.9 Por consiguiente, el orientalismo nos sitúa cara a cara con este asunto; es decir, con el hecho de reconocer que el imperialismo político rige todo un campo de estudios, de imaginación y de instituciones académicas, de tal modo que es imposible eludirlo desde un punto de vista intelectual e histórico. Pero siempre quedará la eterna excusa de decir que un erudito literario y un filósofo por ejemplo, están preparados para hacer literatura y filosofía, respectivamente, y no política ni análisis ideológicos. En otras palabras, que el argumento del especialista puede bloquear con bastante eficacia la perspectiva intelectual, que, en mi opinión, es más extensa y seria.
Me parece que al problema del estudio del imperialismo y la cultura (u orientalismo) se le puede dar una simple respuesta compuesta de dos partes. En primer lugar, casi todos los escritores del siglo XIX (y esto mismo sería válido para los de periodos anteriores) eran extraordinariamente conscientes de la realidad del imperio; éste es un tema que no se ha estudiado muy bien, pero un especialista moderno en la época victoriana tendrá que admitir que los héroes de la cultura liberal, como son John Stuart Mill, Amold Carlyle, Newman, Macaulay, Ruskin, George Eliot, e incluso Dickens, tenían unas opiniones muy concretas sobre la raza y el imperialismo, que podemos encontrar fácilmente en sus escritos. De igual modo, un especialista debe acabar admitiendo que Mill, por ejemplo, dejó claro en On liberty y en Representative Government que sus puntos de vista no podían ser aplicados a la India (al fin y al cabo fue funcionario en la India Office durante una gran parte de su vida)
8 Harry Bracken, "Essence, Accident and Race", Hermathena 116 (invierno 1973), pp. 81-96.
9 En una entrevista publicada en Diacritics 6, n°.3 (otoño 1976), p. 38.
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porque los indios eran inferiores tanto por su civilización como por su raza. El mismo tipo de paradoja podremos encontrar en Marx; más adelante lo demostraré. En segundo lugar, creer que la política, en forma de imperialismo, tiene un efecto en la producción literaria, en la erudición, en las teorías sociales y en la escritura de la historia no equivale, en modo alguno, a afirmar que, por tanto, la cultura es algo degradado o denigrado; muy al contrario, toda mi tesis consiste en que podremos comprender mejor la persistencia y la durabilidad de los sistemas hegemónicos, como es la propia cultura, cuando reconozcamos que las coacciones internas que éstos imponen en los escritores y pensadores son productivas y no unilateralmente inhibidoras. Ésta es la idea que, indudablemente, Gramsci, Foucault y Raymond Williams, cada uno a su manera, han intentado exponer. Solamente, una o dos páginas de Williams sobre "Los usos del Imperio", en The Long Revolution, nos dicen
mucho más acerca de la riqueza cultural del siglo XIX que la mayoría de los volúmenes de análisis textual herméticos10.
Por tanto, yo estudio el orientalismo como un intercambio dinámico entre los autores individuales y las grandes iniciativas políticas que generaron los tres grandes imperios –británico, francés y americano- en cuyo territorio intelectual e imaginario se produjeron los escritos. Lo que, como erudito, me interesa más, no es la gran realidad política, sino el detalle, del mismo modo que, lo que nos interesa en personas como Lane, Flaubert o Renan no es la verdad (para ellos, indiscutible) de que los occidentales son superiores a los orientales, sino el testimonio preparado y modulado que ofrecen los detalles de su obra dentro del enorme espacio abierto por esa verdad. Sólo hay que recordar, para que entendamos lo que digo, que Manners and Customs of Modern Egyptians, de Lane es un clásico de la observación histórica y antropológica por su estilo y sus detalles inteligentes y brillantes y no porque refleje la superioridad racial.
El tipo de cuestiones que el orientalismo plantea, por tanto, son las siguientes: ¿qué tipo de energías intelectuales, estéticas y culturales participaron en la elaboración de una tradición imperialista como la orientalista? ¿Cómo la filología, la lexicografía, la historia, la biología, las teorías políticas y económicas, la narrativa y la poesía lírica se pusieron al servicio de una visión del mundo tan imperialista como la orientalista? ¿Qué cambios, modulaciones, refinamientos e incluso revoluciones sufrió el orientalismo? ¿Qué significado adquieren en este contexto la originalidad, la
10 Raymond Williams, The Long Revolution, Londres, Chatto & Windus, 1961, pp. 66-67.
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continuidad y la individualidad? ¿Cómo se transmite o reproduce el orientalismo de una época a otra? En fin, ¿cómo podemos estudiar el fenómeno cultural e histórico del orientalismo considerándolo como una obra humana voluntaria -y no como una especie de razonamiento en el vacío-, con toda su complejidad histórica y con todo su detalle y valor, sin, al mismo tiempo, perder de vista la alianza entre la acción cultural, las tendencias políticas, el Estado y las realidades específicas de dominación? Un estudio guiado por estas preocupaciones puede abordar, de modo responsable, cuestiones políticas y culturales. Pero esto no significa que este estudio establezca una regla inmutable sobre las relaciones entre conocimiento y política. Mi tesis es que toda investigación humanística debe establecer la naturaleza de esta relación en el contexto específico de su estudio, de su tema y de sus circunstancias históricas.
2. La cuestión metodológica. He dedicado una de mis obras a analizar y exponer la importancia que, para trabajar en el campo de las ciencias humanas, tiene el hecho de encontrar y formular un primer paso, un punto de partida, un principio inicial11 Lo que aprendí entonces e intenté exponer fue que no existe algo dado o fácil de encontrar que pueda ser considerado como un punto de partida: los principios tienen que establecerse de acuerdo a cada proyecto, de tal manera que posibiliten la realización de lo que viene a continuación. Jamás había comprobado, de una manera tan consciente, la dificultad que entraña esta regla, como en mi estudio de orientalismo (si la he resuelto con o sin éxito, no lo puedo decir). La idea de un comienzo, el acto de comenzar implica necesariamente un acto de delimitación, un acto por el que algo se separa de una gran masa de material y se extrae de ella para que represente y sea un punto de partida, un comienzo. Para alguien que se dedique al estudio de los textos, esta noción de delimitación inicial es lo que Louis Althusser llamó la problemática, una unidad determinada y específica de un texto o de un grupo de textos que ha surgido a través del análisis.12 Pero, en el caso del orientalismo (al contrario que en el de los textos de Marx, que es el que Althusser estudia), no sólo existe el problema de encontrar un punto de partida o problemática, sino también el de designar qué textos, autores y periodos son los que más convienen al estudio.
En mi opinión, no tenía sentido intentar escribir una historia del orientalismo narrativa y enciclopédica, en primer lugar porque, si el principio directriz de mi estudio era "la idea europea de Oriente", el material del que me hubiera tenido que ocupar no habría tenido límites, en segundo lugar porque el modelo narrativo no se ajustaba a
11 En mi libro Beginnings: Intention and Method, Nueva York, Basic Books, 1975.
12 Louis Althusser, Pour Marx, París, Maspero, 1965, pp. 59-63.
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mis intereses descriptivos y políticos, y en tercer lugar porque obras como La Renaissance orientale, de Raymond Schwab; Die Arabischen Studien in Europa bis in den Anfang des 20. Jahrhunderts, de Johann Fück, y más recientemente The Matter of Araby in Medieval England, de Dorothee Metlitzki,13 ya incluyen trabajos enciclopédicos acerca de ciertos aspectos de los contactos entre Europa y Oriente, y sus objetivos se diferencian de la labor crítica que yo he esbozado en un contexto general, político e intelectual.
Se me planteaba también el problema de reducir un archivo muy denso a dimensiones manejables y, lo que es más importante, el de destacar dentro de ese grupo de textos algún concepto de naturaleza intelectual sin por ello descuidar el orden cronológico. Mi punto de partida, por tanto, ha sido la experiencia británica, francesa y americana en Oriente, en un sentido global, las bases históricas e intelectuales que la hicieron posible y sus cualidades y características. Por razones que explicaré a continuación, he limitado el ya de por sí limitado (pero todavía excesivamente vasto) conjunto de cuestiones a la experiencia que británicos, franceses y americanos han tenido en el mundo árabe y en el mundo islámico, los cuales, durante casi un milenio han representado Oriente. Al hacer esto, parece que de entrada he eliminado una gran parte de Oriente –India, Japón, China y otras zonas del Extremo Oriente-, no porque estas regiones carezcan de importancia (que evidentemente la tienen), sino porque es posible estudiar la experiencia que Europa tuvo en Oriente Próximo y en los países islámicos, independientemente de su experiencia en el Extremo Oriente. Sin embargo, en ciertos periodos de esta historia general de intereses europeos en Oriente, determinadas regiones, como Egipto, Siria o Arabia, no se pueden abordar sin estudiar también la implicación que Europa tuvo en lugares más remotos como son Persia y la India: un ejemplo importante a este respecto es la conexión que tuvieron Egipto y la India para la Gran Bretaña de los siglos XVIII y XIX. Otros ejemplos importantes son el papel desempeñado por Francia descifrando el zendoavéstico, la preeminencia de París como centro de estudios de sánscrito durante la primera década del siglo XIX, y el hecho de que el interés que mostró Napoleón por Oriente estuviera determinado por su conocimiento del papel británico en la India; toda esta preocupación por el Extremo Oriente influyó directamente en el interés que Francia manifestó por el Próximo Oriente, el islam y los árabes.
13 Raymond Schwab, La Renaissance Orientale, París, Payot, 1950; Johann W. Fück, Die Arabischen Studien in Europa bis in den Anfang des20. Jahrhunderts, Leipzig, Otto Harrassowitz, 1955; Dorothee Metlitzki, The Matter of Araby in Medieval England, New Haven, Conn., Yale University Press, 1977.
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Gran Bretaña y Francia dominaron el Mediterráneo oriental desde finales del siglo XVII. Pero al estudiar esta dominación sistemática, no he hecho justicia a las importantes contribuciones que Alemania, Italia, Rusia, España y Portugal hicieron al orientalismo ni al gran impulso que la revolución en los estudios bíblicos –estimulada por sus pioneros, Bishop Lowth, Eichhom, Herder y Michaelis- dio, en el siglo XVIII, al estudio de Oriente. En primer lugar, tenía que centrarme rigurosamente en el material británico y francés, y, después, en el americano porque me parecía indiscutible, no sólo que Gran Bretaña y Francia fueron las naciones pioneras en Oriente y en los estudios orientales, sino también que mantuvieron estas posiciones de vanguardia gracias a los dos entramados coloniales más grandes que la historia anterior al siglo xx ha conocido; América, desde la Segunda Guerra Mundial, en lo que se refiere a Oriente, ha seguido, creo que bastante conscientemente, las sendas trazadas por las dos potencias europeas. En consecuencia, considero que por su calidad, coherencia y cantidad, los escritos británicos, franceses y americanos sobre Oriente superan a los trabajos, indudablemente cruciales, hechos en Alemania, Italia, Rusia y cualquier otro lugar. Pero también pienso que es verdad que los avances más decisivos que se hicieron en la erudición oriental fueron realizados primero por Gran Bretaña y Francia, y, después, por los alemanes. Silvestre de Sacy, por ejemplo, no fue sólo el primer orientalista europeo moderno y profesional que se ocupó del islam, de la literatura árabe, de la religión drusa y de la Persia sasánida, sino también el profesor de Champollion y de Franz Bopp, fundador de la lingüística comparada alemana. El mismo derecho a recibir este trato prioritario y preeminente tienen William Jones y Edward William Lane.
En segundo lugar –y esto que voy a decir compensa ampliamente las lagunas que pueda presentar este estudio del orientalismo-, recientemente se han publicado importantes trabajos sobre la U-adición de los estudios bíblicos que se realizaron hasta el comienzo de lo que llamo el orientalismo moderno. El mejor, el más relevante y claro es el impresionante "Kubla Khan" and The Fail of Jerusalem, de E.S. Shaffer14, un estudio indispensable sobre los orígenes del romanticismo y sobre la actividad intelectual que subyace en gran parte de la obra de Coleridge, Browning y George Eliot. Hasta cierto punto, la obra de Shaffer desarrolla las ideas proporcionadas por Schwab, articulando los materiales relevantes que se pueden encontrar en los especialistas alemanes de textos bíblicos, y utilizándolos para leer, de una manera
14 E.S. Shaffer, "Kubla Khan" and The Fall of Jerusalem: The Mythological School in Biblical Criticism and Secular Literature, 1770-1880, Cambridge, Cambridge University Press, 1975.
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inteligente y siempre interesante, las obras de tres grandes escritores británicos. Pero el libro carece del sentido político e ideológico que los escritores británicos y franceses de los que yo me ocupo dieron al orientalismo; además, al contrario que Shaffer, yo intento aclararlas evoluciones posteriores del orientalismo académico y literario: por un lado, las conexiones entre el orientalismo británico y el francés, y por otro, la ascensión de un imperialismo de inspiración puramente colonial. También quiero demostrar que todos estos temas se reproducen con más o menos exactitud en el orientalismo americano posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, hay un aspecto en el que mi estudio no es acertado: aparte de alguna referencia ocasional, no analizo de manera exhaustiva los progresos de los eruditos alemanes después del periodo inicial dominado por Silvestre de Sacy. Cualquier estudio que pretenda ofrecer unos conocimientos sobre el orientalismo académico y preste poca atención a eruditos como Steinthal, Müller, Becker, Goldziher, Brockelmann, Nöldeke –por mencionar sólo a unos pocos-, se merece algunos reproches que, en mi caso, yo mismo me hago. Siento particularmente no prestar más atención a la erudición alemana cuyo prestigio científico creció a mediados del siglo XIX. George Eliot denunció a los eruditos británicos que la ignoraban; estoy pensando en el retrato inolvidable que ella hace de Mr Casaubon en Middlemarch. Una de las razones por las que Casaubon no puede terminar su Key to All Mythologies es, de acuerdo con su joven primo Will Ladislaw, su desconocimiento de la erudición alemana. Y es que Casaubon, no sólo ha elegido un tema "que cambia con tanta rapidez como la química, un tema en el que constantemente se producen nuevos descubrimientos que dan lugar a nuevos puntos de vista"; también está llevando a cabo una labor parecida a la refutación de Paracelso, "porque no es un orientalista, ya sabes".15
George Eliot no estaba equivocada cuando daba a entender que, más o menos hacia 1830, que es la época en la que Middlemarch se sitúa, la erudición alemana había alcanzado su preeminencia europea. Pero durante los dos primeros tercios del siglo XIX jamás pudo desarrollarse en el contexto de la erudición alemana una estrecha colaboración entre los orientalistas y un interés nacional prolongado y constante por Oriente. No había nada en Alemania que se correspondiera con la presencia anglo-francesa en la India, el Mediterráneo oriental y África del Norte. Es más, el Oriente alemán era casi exclusivamente un Oriente erudito o, al menos,
15 George Eliot, Middlemarch: A Study of Provincial Life, 1872; reimpresión, Boston: Houghton Mifflin Co., 1956, p. 164.
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clásico: sirvió de tema para poemas, obras de imaginación e incluso novelas, pero nunca fue real como Egipto y Siria lo fueron para Chateaubriand, Lane, Lamartine, Burton, Disraeli o Nerval. Es significativo el hecho de que dos de los trabajos alemanes sobre Oriente más renombrados, Westöstficher Diwan, de Goethe, y Über die Sprache und Weisheit der Indier, de Friedrich Schlegel, se basaran, respectivamente, en un viaje por el Rhin y en unas horas pasadas en las bibliotecas de París. La labor que llevó a cabo la erudición alemana consistió en refinar y perfeccionar las técnicas que se aplicaban a los textos, los mitos, las ideas y las lenguas que la Gran Bretaña y la Francia imperiales recogían literalmente de Oriente.
No obstante, lo que el orientalismo alemán tenía en común con el anglo-francés y, más tarde, con el americano era una especie de autoridad intelectual sobre Oriente dentro de la cultura occidental. Esta autoridad debe ser, en gran medida, uno de los temas de estudio de cualquier descripción del orientalismo, y así lo es en esta obra. Incluso el nombre orientalismo sugiere el estilo serio, quizá ponderoso, de un experto; cuando lo aplico a las ciencias sociales americanas modernas (aunque los investigadores de este campo no se autodenominan orientalistas, y por tanto, mi uso del término es anómalo), es para destacar el hecho de que los expertos en Oriente Medio siguen inspirándose en los vestigios de las posiciones intelectuales del orientalismo europeo del siglo XIX.
La autoridad no tiene nada de misterioso o natural; se forma, se irradia y se disemina; es instrumental y persuasiva; tiene categoría, establece los cánones del gusto y los valores; apenas se puede distinguir de ciertas ideas que dignifica como verdades, y de las tradiciones, percepciones y juicios que forma, transmite y reproduce. Sobre todo, la autoridad se puede –de hecho se debe- analizar. Todos estos atributos que tiene la autoridad se pueden aplicar al orientalismo, y en gran medida mi trabajo en este estudio consiste en describir, por un lado, la autoridad histórica del orientalismo y, por otro, a las personas que son una autoridad en materia de orientalismo.
Para realizar este estudio sobre la autoridad, mis principales recursos metodológicos son lo que puede llamarse la localización estratégica, que es una manera de describir la posición que el autor de un texto adopta con respecto al material oriental sobre el que escribe, y la formación estratégica, que es una forma de analizar la relación entre los textos y –el modo en que los grupos, los tipos e incluso los géneros de textos adquieren entidad, densidad y poder referencial entre ellos
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mismos y, más tarde, dentro de toda la cultura. Utilizo la noción de estrategia simplemente para definir el problema al que todo escritor sobre Oriente tiene que enfrentarse: cómo abarcarlo, cómo aproximarse a él, cómo evitar ser vencido o aplastado por su sublimidad, su extensión y sus terribles dimensiones. Todo el que escribe sobre Oriente debe definir su posición con respecto a él; trasladada al texto, esta posición presupone el tipo de tono narrativo que él adopta, la clase de estructura que construye y el género de imágenes, temas y motivos que utiliza en su texto; a esto se le añaden las maneras deliberadas de dirigirse al lector, de abarcar Oriente y, finalmente, de representarlo o de hablar en su nombre. Sin embargo, nada de esto sucede en la esfera de lo abstracto. Cualquier escritor que trate de Oriente (y esto es válido incluso para Homero) asume algún precedente oriental, algunos conocimientos previos de Oriente, conocimientos a los que hace referencia y en los que se apoya. Además, toda obra sobre Oriente se asocia a otras obras, a determinados públicos e instituciones y al propio Oriente. El conjunto de relaciones entre las obras, los públicos y algunos aspectos particulares de Oriente constituye, por tanto, una formación que se puede analizar –por ejemplo, la relación entre los estudios filológicos, las antologías de literatura oriental, los relatos de viajes y los libros de fantasías orientales- y cuya presencia en el tiempo, en el discurso y en las instituciones (escuelas, bibliotecas y organismos de asuntos exteriores) le da fuerza y autoridad.
Espero haber dejado claro que mi preocupación por la autoridad no presupone un análisis de lo que subyace oculto en el texto orientalista, sino, por el contrario, un análisis de su superficie, de la exterioridad con relación a lo que describe. Creo que nunca se insistirá demasiado en esta idea. El orientalismo se fundamenta en la exterioridad, es decir en el hecho de que el orientalista, poeta o erudito, hace hablar a Oriente, lo describe, y ofrece abiertamente sus misterios a Occidente, porque Oriente sólo le preocupa en tanto que causa primera de lo que expone. Lo que dice o escribe, en virtud de que está dicho o escrito, pretende indicar que el orientalista está fuera de Oriente tanto desde un punto de vista existencial como moral. El producto principal de esta exterioridad es, por supuesto, la representación: ya en la obra de teatro de Esquilo Los persas, Oriente deja de tener la categoría de un Otro lejano y a veces amenazante, para encarnarse en figuras relativamente familiares (en el caso de Esquilo, las mujeres asiáticas oprimidas). La inmediatez dramática de la representación en Los persas encubre el hecho de que el público observa una representación muy artificial de lo que un no oriental ha convertido en símbolo de todo Oriente. Mi análisis del texto orientalista, por tanto, enfatiza la evidencia –que de ningún modo es invisible- de que estas representaciones son representaciones, y no
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retratos "naturales" de Oriente. Esta evidencia se puede encontrar de manera destacada en los textos que podríamos llamar verídicos (historias, análisis filológicos, tratados políticos) y en los textos reconocidos como abiertamente artísticos (por ejemplo, los imaginarios). Los aspectos que se deben considerar son el estilo, las figuras del discurso, las escenas, los recursos narrativos y las circunstancias históricas y sociales, pero no la exactitud de la representación ni su fidelidad a algún gran original. La exterioridad de la representación está siempre gobernada por alguna versión de la perogrullada que dice que si Oriente pudiera representarse a sí mismo, lo haría; pero como no puede, la representación hace el trabajo para Occidente y, faute de mieux, para el pobre Oriente. "Sie Können sich nicht vertreten, sie müssen vertreten werden," como escribió Marx en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.
Otra de las razones que me llevan a insistir en la idea de la exterioridad es mi necesidad de aclarar, al referimos al discurso cultural y al intercambio dentro de una cultura, que lo que comúnmente circula por ella no es "la verdad", sino sus representaciones. No hace falta demostrar de nuevo que el propio lenguaje es un sistema muy organizado y codificado que emplea muchos recursos para expresar, indicar, intercambiar mensajes e información, representar, etc. Al menos en cualquier ejemplo de lenguaje escrito, no hay nada que sea una presencia dada, sino un represencia o representación. El valor, la eficacia, la fuerza y la veracidad aparente de una afirmación escrita acerca de Oriente dependen, por tanto, muy poco de Oriente como tal y no pueden instrumentalmente depender de él. Por el contrario, para el lector, la afirmación escrita es una presencia porque ha excluido y desplazado a "Oriente" como realidad y lo ha convertido en algo superfluo. Así, todo el orientalismo pretende reemplazar a Oriente, pero se mantiene distante con respecto a él: que el orientalismo tenga sentido es una cuestión que depende más de Occidente que de Oriente, y este sentido le debe mucho a las técnicas occidentales de representación que hacen que Oriente sea algo visible y claro, que esté "allí" en el discurso que se elabora sobre él. Y estas representaciones, para lograr sus efectos, se apoyan en instituciones, tradiciones, convenciones y códigos de inteligibilidad, y no en un Oriente distante y amorfo.
La diferencia entre las representaciones de Oriente que se hacían antes del último tercio del siglo XVIII y las posteriores a esta época (esto es, las que pertenecen a lo que llamo orientalismo moderno) estriba en que, en el último periodo, el horizonte de las representaciones se amplió mucho más. E! cierto que, después de William Jones y de Anquetil-Duperron, y tras la expedición de Napoleón a Egipto, Europa llegó
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a conocer Oriente de una manera más científica, a vivir en él con una autoridad y una disciplina que nunca antes había tenido. Pero lo que le importaba a Europa era la mayor capacidad y el mayor perfeccionamiento que adquirían sus técnicas para recibir Oriente. Cuando, a finales del siglo XVIII, Oriente reveló definitivamente la edad de sus lenguas –que se remontaban en el tiempo más allá de la genealogía divina del hebreo-, fue un grupo de europeos el que hizo el descubrimiento y lo transmitió a otros eruditos; finalmente, este descubrimiento se preservó en la ciencia de la filología indoeuropea, una nueva y poderosa ciencia que nacía para examinar el Oriente lingüístico y, con ella, como muestra Foucault en Las palabras y las cosas, nacía también una completa red de intereses científicos afines. Del mismo modo, William Beckford, Byron, Goethe y Víctor Hugo reestructuraron" Oriente por medio de su arte y lograron que sus colores, sus luces y sus gentes fueran visibles a través de las imágenes, los ritmos y los motivos que ellos utilizaron para describirlos. El Oriente "real", a lo sumo, provocaba la visión de un escritor, pero raramente la guiaba.
El orientalismo respondió más a la cultura que lo produjo que a su supuesto objetivo, que también estaba producido por Occidente. Así, la historia del orientalismo presenta una gran coherencia interna y un conjunto muy articulado de relaciones con la cultura dominante que lo envuelve. Mi análisis, en consecuencia, intenta demostrar cómo es la forma de esta disciplina, cuál es su organización interna, quiénes son sus pioneros y sus autoridades patriarcales, cuáles son sus textos canónicos, sus ideas doxológicas y quiénes son sus figuras ejemplares, sus seguidores, comentadores y nuevas autoridades; intento también explicar cómo el orientalismo adoptó unas ideas "sólidas", unas doctrinas y tendencias que imperaban en la cultura, y cómo, frecuentemente, se inspiró en ellas. Así, había –y hay- un Oriente lingüístico, un Oriente freudiano, un Oriente spengleriano, un Oriente darwiniano, un Oriente racista etc, y por ello, todavía no ha habido un Oriente puro o no condicionado; nunca ha existido una forma no material de orientalismo y mucho menos algo tan inocente como una "idea" de Oriente. En este punto, en esta firme convicción y en sus consecuencias metodológicas subsecuentes, difiero de los eruditos que estudian la historia de las ideas. En efecto, el énfasis, la forma ejecutiva y, sobre todo, la efectividad material de las afirmaciones del discurso orientalista son posibles en unas circunstancias que cualquier historia hermética de las ideas tiende a ignorar completamente. Sin esos énfasis y sin esa efectividad material, el orientalismo sería, simplemente, –una idea como cualquier otra, mientras que, por el contrario, es y ha sido mucho más que eso. Por esto, me propongo examinar, no sólo trabajos eruditos, sino también obras literarias y políticas, artículos periodísticos, libros de viajes, y estudios religiosos y
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filológicos. En otras palabras, adopto una perspectiva híbrida que, en líneas generales, es histórica y "antropológica", dado que creo que todos los textos tienen vínculos con el mundo y con sus circunstancias de acuerdo a unas condiciones que, por supuesto, varían de un género a otro y de un periodo histórico a otro.
Todavía creo, al contrario que Michel Foucault, a cuya obra debo mucho, que los escritores individuales influyen de manera determinante en ese cuerpo de textos colectivo y anónimo que constituye una formación discursiva como la orientalista. La unidad que presenta el enorme conjunto de textos que analizo se debe, en parte, al hecho de que con frecuencia se refieren unos a otros: el orientalismo es, después de todo, un sistema constituido por citas de obras y autores. El libro Manners and Customs of the Modern Egypcians, de William Lane, fue leído y citado por hombres tan diferentes como Nerval, Flaubert y Richard Burton. Esta obra era una autoridad que cualquiera que escribiera o pensara sobre Oriente, y no sólo sobre Egipto, debía utilizar cuando Nerval reprodujo párrafos literales de Modern Egypcians, recurrió a la autoridad de Lane para describir escenas campesinas de Siria, pero no de Egipto. La autoridad de Lane y las oportunidades que ofrecía citarlo discriminada o indiscriminadamente estaban allí porque el orientalismo había sido capaz de convertirlo en un texto de referencia. Sin embargo, no se puede comprender esta característica de Lane sin entender las peculiaridades de su texto; esto es válido también para Renan, Sacy, Lamartine, Schlegel y otros escritores influyentes. Foucault cree que, en general, el texto o el autor individual cuentan poco; la experiencia me demuestra que esto no es así en el caso del orientalismo (quizá en ningún otro caso sea así). De acuerdo con esto, utilizo en mis análisis explicaciones de textos con el fin de revelar la dialéctica entre el texto o el autor individual y la formación colectiva compleja a la que la obra en cuestión es una contribución.
Pero este libro, aunque incluye una amplia selección de escritores, dista mucho de ser una historia completa o una relación general del orientalismo, y soy muy consciente de esta carencia. El discurso orientalista ha podido sobrevivir y funcionar en la sociedad occidental gracias a la riqueza de la red que lo forma: todo lo que yo he hecho es describir algunas partes de esta red en determinados momentos y sugerir la existencia de un todo mucho mayor, detallado, interesante y dotado de personajes, textos y sucesos fascinantes. Me justifico pensando que este libro no es más que el principio, y espero que haya eruditos y críticos que quizá quieran escribir otros. Aún queda por realizar un ensayo general que trate el tema del imperialismo y la cultura; habría que profundizar en el asunto de las conexiones entre el orientalismo y la
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pedagogía, en el del orientalismo italiano, alemán y suizo, en el de la dinámica que se crea entre los escritos eruditos y los imaginarios y en el de la relación entre los conceptos administrativos y las disciplinas intelectuales. Quizá el objetivo más importante de todos sería estudiar alguna posible alternativa contemporánea al orientalismo, preguntarse cómo se pueden estudiar otras culturas y pueblos desde una perspectiva libertaria, y no represiva o manipulativa. Pero entonces habría que replantearse el complejo problema del conocimiento y el poder. Todos estos son objetivos que he dejado sin completar en este estudio, lo cual no deja de ser embarazoso.
La última observación acerca del método que quiero hacer aquí –aunque quizá resulte algo pretenciosa por mi parte- es que he escrito este estudio pensando en bastantes tipos de lectores. A los que estudian literatura y crítica literaria, el orientalismo les ofrece un ejemplo magnífico de las relaciones entre la sociedad, la historia y la textualidad; además, el papel que Oriente ha desempeñado en la cultura occidental relaciona el orientalismo con la ideología, la política y la lógica del poder, que son materias, en mi opinión, de trascendencia para la comunidad literaria. Pensando en los que hoy día estudian Oriente, desde los eruditos universitarios hasta los artífices de la política, he escrito este libro con dos objetivos: en primer lugar, presentarles su genealogía intelectual de una manera que nunca se había hecho antes; y en segundo, criticar –esperando suscitar nuevas discusiones- las asunciones normalmente incuestionables en las que la mayoría de sus trabajos se fundamenta. El lector que no sea un especialista encontrará en este estudio temas que siempre llaman la atención, todos ellos relacionados, no sólo con la manera en que Occidente concibe y trata lo Otro, sino también con el papel singularmente importante que ha desempeñado la cultura occidental en lo que Vico llama el mundo de naciones. Finalmente, para los lectores del llamado Tercer Mundo, este estudio pretende ser un paso hacia la comprensión, no tanto de la política occidental hacia el mundo no occidental, como de la fuerza del discurso cultural occidental, un discurso que, con demasiada frecuencia, ha sido erróneo, meramente decorativo o "superestructural". Espero haber descrito la formidable estructura de la dominación cultural y haber mostrado, particularmente a los pueblos que fueron colonizados, los peligros y las tentaciones de emplear esa estructura sobre ellos mismos o sobre otros.
Los tres largos capítulos y las veinte unidades más breves en las que está dividido este libro intentan facilitar la exposición lo más posible. El capítulo primero "El ámbito del orientalismo" perfila a grandes rasgos todos los aspectos del tema, y los
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analiza en términos de experiencias y tiempo históricos, y en términos de motivos filosóficos y políticos. El capítulo segundo "Estructuras y reestructuras del orientalismo", intenta describir el desarrollo del orientalismo moderno de manera cronológica y también a través de la descripción de un conjunto de recursos comunes a las obras de poetas, artistas y eruditos importantes. El capítulo tercero, "El orientalismo en nuestros días", empieza donde acaba el anterior, más o menos hacia 1870. Éste es el periodo de la gran expansión colonial en Oriente que culmina con la Segunda Guerra Mundial. La última sección del capítulo tercero muestra cómo la hegemonía pasó de manos británicas y francesas a manos americanas; en él intento, finalmente, resumir las realidades sociales e intelectuales del orientalismo americano de nuestros días.
3. La dimensión personal. En su libro Cuadernos de la cárcel, Gramsci dice: "El punto de partida de cualquier elaboración crítica es la toma de conciencia de lo que uno realmente es; es decir, la premisa ‘conócete a ti mismo’ en tanto que producto de un proceso histórico concreto que ha dejado en ti infinidad de huellas sin, a la vez, dejar un inventario de ellas". La única traducción inglesa existente termina así, inexplicablemente, el comentario de Gramsci, mientras que, de hecho, el texto en italiano concluye añadiendo: "Por tanto, es un imperativo comenzar por recopilar ese inventario"16.
La inversión personal que he hecho en este estudio deriva en gran parte de mi conciencia de ser "oriental" y de haber sido un chico que creció en dos colonias británicas. Toda mi educación en esas colonias (Palestina y Egipto) y en Estados Unidos ha sido occidental y, sin embargo, esa profunda y temprana conciencia ha persistido en mí de muchas formas. Al estudiar el orientalismo he pretendido hacer el inventario de las huellas que ha dejado en mí la cultura cuya dominación ha sido un factor muy poderoso en la vida de todos los orientales. Por eso, me he concentrado en el estudio del Oriente islámico. Si lo que he logrado ha sido el inventario prescrito por Gramsci, no soy yo quien debe juzgarlo, aunque soy consciente de lo importante que es intentar hacerlo. A lo largo de mi trabajo, de la manera más rigurosa y racional que me ha sido posible, he intentado mantener un espíritu crítico y emplear los instrumentos de investigación histórica, humanista y cultural de los cuales mi educación me ha hecho un afortunado beneficiario. Nada de esto, a pesar de todo, me
16 Antonio Gramsci, The Prison Notebooks: Selections, traducción y edición Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith, Nueva York, International Publishers, 1971, p. 324. El párrafo completo, que no se encuentra en la traducción de Hoare y Smith, se puede encontrar en Gramsci, Quaderni del Carcere, ed. Valentino Gerratana, Turín, Einaudi Editore, 1975, 2: p. 1363.
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ha hecho perder contacto con mi realidad cultural ni con la implicación personal de ser "un oriental".
Las circunstancias históricas que han hecho posible un estudio como éste son bastante complejas, y aquí sólo puedo mencionarlas de una manera esquemática. Todo aquel que haya residido en Occidente desde los años cincuenta, y en particular en Estados Unidos, habrá vívido una época de extraordinaria turbulencia en las relaciones Este-Oeste. A nadie se le habrá escapado el hecho de que, durante este periodo, el "Este" siempre ha supuesto un peligro y una amenaza, tanto si se refería al Oriente tradicional como a Rusia. En las universidades, la creación de institutos y programas de estudios de áreas culturales (area studies) ha convertido el estudio erudito de Oriente en una rama de la política nacional. En Estados Unidos, los organismos públicos demuestran un sano interés por Oriente debido a su importancia estratégica y económica y a su tradicional exotismo. El mundo, de pronto, se ha convertido en un lugar muy accesible para el ciudadano occidental que vive en la era de la electrónica y, en consecuencia, también Oriente se ha aproximado a él, y ahora quizá sea menos un mito que una encrucijada de intereses occidentales, especialmente americanos.
Uno de los aspectos que el mundo electrónico postmoderno ha traído consigo es el reforzamiento de los estereotipos a través de los cuales se observa Oriente; la televisión, las películas y todos los recursos de los medios de comunicación han contribuido a que la información utilice moldes cada vez más estandarizados. En lo que se refiere a Oriente, la estandarización y la formación de estereotipos culturales han reforzado el mantenimiento de la demonología del "misterioso Oriente" que en el siglo XIX era dominio del mundo académico y del de la imaginación. Todo esto resulta mucho más evidente si analizamos el modo en que se intenta comprender el Oriente Próximo. Tres factores han contribuido a que cualquier percepción –incluso la más simple- de los árabes y del islam se convierta en un asunto muy politizado y casi desagradable: a) la historia de prejuicios populares antiárabes y antislámicos en Occidente que se refleja de una manera inmediata en la historia del orientalismo; b) la lucha entre los árabes y el sionismo israelí y sus efectos en los judíos americanos, en la cultura liberal y en la mayoría de la población; c) la ausencia casi total de una predisposición cultural que posibilite una identificación con los árabes y el islam y una discusión desapasionada sobre ellos. No es necesario decir que, como Oriente Próximo se identifica con la política de las grandes potencias, la economía del petróleo y la dicotomía simplista que califica a Israel de libre y democrático y a los árabes de
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diabólicos, totalitarios y terroristas, las oportunidades de saber claramente de qué se habla cuando se habla de Oriente Próximo son muy pequeñas, lo que no deja de ser deprimente. Una de las razones que me ha empujado a escribir este libro es mi propia experiencia personal. La vida de un palestino árabe en Occidente, particularmente en Estados Unidos, es descorazonadora. Existe en este país el consenso casi unánime de que políticamente no existe y si se le permite existir es como un estorbo o como un oriental. La red de racismo, de estereotipos culturales, de imperialismo político y de ideología deshumanizada que se cierne sobre el árabe o el musulmán es realmente sólida, y todo palestino ha llegado a sentirla como un castigo que le ha reservado el destino; pero todavía le resulta más duro constatar que en Estados Unidos ninguna persona académicamente comprometida con Oriente Próximo –es decir, ningún orientalista- se ha identificado jamás, desde un punto de vista cultural y político, sinceramente con los árabes; es verdad que ha habido identificaciones en determinadas áreas, pero nunca han adoptado la forma "aceptable" de la identificación americana liberal con el sionismo, y todas, también con demasiada frecuencia, han tenido el defecto de estar asociadas a intereses políticos y económicos desacreditados (por ejemplo, los arabistas de las compañías de petróleo y del Departamento de Estado) o a la religión.
El nexo entre conocimiento y poder que crea "al oriental" y que en cierto sentido lo elimina como ser humano para mí no es una cuestión exclusivamente académica, es una cuestión intelectual de una importancia evidente. He podido valerme de mis preocupaciones humanísticas y políticas para analizar y describir una materia muy concreta, el nacimiento, desarrollo y consolidación del orientalismo. Con demasiada frecuencia, se presupone que la literatura y la cultura son inocentes política e históricamente. Yo siempre he creído lo contrario, y este estudio de orientalismo me ha convencido (y espero que les suceda lo mismo a mis colegas literarios) de que la sociedad y la cultura literaria sólo se pueden comprender y estudiar juntas. Además, y por una lógica casi ineludible, he acabado escribiendo una historia vinculada de manera secreta y misteriosa al antisemitismo occidental. Este antisemitismo y el orientalismo en su rama islámica se parecen mucho; esto es una verdad histórica, cultural y política con una ironía implícita que cualquier palestino captará inmediatamente. Pero también me gustaría haber contribuido a mejorar el conocimiento del modo en que la dominación cultural ha actuado. Si esto fomenta un nuevo tipo de relación con Oriente, -de hecho, si elimina "Oriente" y "Occidente" totalmente-, habremos avanzado algo en el proceso de lo que Raymond Williams ha llamado el "desaprehendimiento del espíritu inherente de dominación"17

∗ En: Said, Edward W., Orientalismo, Introducción, Ib Jaldun, Libertarias 1, Barcelona, 1990. pp. 19-49. 1 Therry Desjardins, Le Martyre du Liban, París, Plon, 1976, p. 14.
17 Raymond Williams, Culture and Society, 1780-1950, Londres, Chatto & Windus, 1958, p. 376.
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